
Soy un idiota. He desperdiciado la mitad de mi vida en darme cuenta que las noticias también son bienes de consumo. Que se compran y se venden. Que hay más oferta de unas que de otras. Y que pasan de moda. Como casi todo en la vida. La gente opina de lo que opinan los periodistas sobre los únicos asuntos opinables: la noticia en cuanto producto comercial. La verdad es un segmento que comienza y termina en los teletipos. Quien habla de aquello que no se cuestiona en los periódicos, no existe. Es invisible. Marginal. Radical. Loco. Mentiroso.
La semana pasada se aprobaron por unanimidad todas las ponencias presentadas en el Congreso del Partido Popular de Andalucía. Democráticamente, por supuesto. A nadie se le ocurrió discrepar en nada. Y a la prensa le pareció normal. Quizá porque de haber existido debate, controversia y votaciones en contra, los cronistas habrían hablado de crisis interna, de un partido dividido.
La semana pasada el Secretario General de los socialistas cordobeses anunció que los asuntos municipales se llevarían desde la sede del partido. Democráticamente, por supuesto. A ninguno de los suyos se le ocurrió discrepar en nada. Y a la prensa le pareció normal que los concejales de un municipio, elegidos mediante sufragio universal, deleguen su capacidad de decisión en quien apenas superó el refrendo de sus militantes.
La semana pasada el Presidente de la Junta de Andalucía anunció unilateralmente la renuncia a cuantificar la deuda histórica. Democráticamente, por supuesto. Dijo que prefería incumplir el Estatuto de Autonomía a llegar a un mal acuerdo. Y a muchos periodistas les pareció normal porque hace demasiado tiempo que Andalucía es invisible para sus ojos. Para nada importa que este aplazamiento suponga una violación infame de una Ley Orgánica aprobada por el Parlamento de Andalucía, por el Congreso y el Senado, y por el mismísimo pueblo andaluz en un mísero y miserable referéndum. Los entiendo. Sólo un marginal se hubiera atrevido a decir que la Comunidad Autónoma de Andalucía también es Estado, que todo el dinero del Estado es nuestro, y que es justo que nuestro dinero se distribuya justamente para que tomen de más quienes menos tengan.
Todos estos hechos pasaron desapercibidos para la opinión pública porque fueron invisibles para la opinión publicada. Y los tres representan simbólicamente el secuestro de la política por una dictadura partitocrática, alimentada por la desidia de la masa y de buena parte de la prensa. Yo los vi. Y me froté los ojos. Y compartí la mirada con otros. Pero nadie quiso mirar. No es nada importante, dijeron. Sólo tú dices eso. Estás loco. Eres un marginal. Tenéis toda la razón, les dije. Soy un marginal. Imagina que mueres. Si el registrador no anotase la defunción en el margen de tu partida de nacimiento, estarías vivo. Serías inmortal. Pero la verdad es que estás muerto. La verdad siempre se escribe en el margen. Por eso soy un marginal. Y me gusta. Un marginal y un idiota que ve donde nadie quiere mirar.


