El barrio del olivar nació como un arrabal de mi pueblo en los albores del siglo pasado. Emigrantes almerienses construyeron chozos de barro en sus laderas para habitar como bestias mientras suplicaban tajo a los terratenientes. Huyeron de la piel cuarteada y seca de sus tierras para buscar pan y techo en el jardín de la Vega del Guadalquivir. Aunque hoy el olivar está completamente integrado en el núcleo urbano, los nietos de aquellos jornaleros dicen que van al pueblo cada vez que bajan la calle Santo. Como si todavía vivieran fuera de él. Como si hubieran heredado el sentimiento de rechazo y desconfianza que padecieron sus antepasados. Los señoritos quedaban con ellos en las afueras para escogerlos porque trabajaban por menos que los naturales del pueblo. Como los subsaharianos de ahora. Un siglo después, la mayoría de sus hijos cambiaron la legona por el palaustre. Los chozos por casas hipotecadas de tres plantas. Los pies descalzos por coches de gama alta. A media mañana de ayer entré en un bar atestado de ellos porque no hay trabajo en la construcción ni campo donde refugiarse.    

 

Almería es la única provincia andaluza que generó empleo el mes pasado. En el campo. Precisamente en el campo menos fértil y más áspero de Andalucía. Terrible paradoja. Allí donde la tierra es más fructífera, allí donde hay más agua, el paro ha crecido exponencialmente. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de placas solares que producen energía a bajo coste para que luego las eléctricas nos la revendan y se lucren con la diferencia.
 
Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de ladrillo. De urbanizaciones a medio hacer y a medio habitar. De banderas y pancartas con nombres de promotoras y bancos en quiebra. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de embalses faraónicos que han destruido por completo la historia de nuestro paisaje milenario. Pantanos ideados para abastecer de energía a las eléctricas y de agua a los arroceros de las islas a cientos de kilómetros más abajo. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de nada con subvenciones. De todo aquello que nos imponen desde Bruselas y que no se recolecta porque el precio está por debajo de los jornales.
 
Y ahora, para colmo de locos, Huelva es la provincia con mayor producción de frutales. Empresarios están destruyendo dehesas para amontonar naranjos justo por donde no pasa el río. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, son las más pobres en PIB y con la tasa de paro más altas de la Unión.  En el otro extremo, Almería gracias a dos metamorfosis: la de sus tierras y la de sus jornaleros. Aquellas se vistieron de plástico para convertirse en vergel y ellos en empresarios agrícolas y familiares. Todo sería diferente si Andalucía tomara a la economía almeriense como ejemplo. Si el campo andaluz sirviera para lo que es. Si la eterna reforma agraria se hubiera llevado a cabo. Ahora la cuenca del Guadalquivir nos pertenece. Ojalá se llene de sudor y no de lágrimas.