Me pone de mala leche la cúpula de Barceló. Mejor dicho, su cópula. Porque nos la ha metido a todos. Vale ya de culpar a los inocentes gobiernos de España y Naciones Unidas. Ellos han pagado religiosamente al artista lo que el artista les pidió. Y no fue tarea fácil. Al parecer tuvieron que sacar del estómago los quinientos mil euros que faltaban como a los lobos de los cuentos. A pesar de esta crisis económica que mata de hambre a media humanidad y de colesterol a la otra media, no se debe nada de los veinte millones que ha costado el gotelec caleidoscópico de la bóveda, incluidos los seis en que cifró el artista su talento y mano de obra. Todos en paz. Bienaventurados sean. En el infierno.  

 

            Un escritor japonés definió el arte como esa zona intermedia, delgada como la piel, que separa la verdad de la mentira. Si es así, lo que ha hecho Barceló no es arte porque se inclina descaradamente hacia el lado del embuste. El portadista de Camarón y cartelista de la última feria de abril sevillana, dice representar en su cúpula la diversidad cultural planetaria en un bosque multicolor de estalactitas. Ahí termina su compromiso: en mentir y quedarse con el botín de la mentira. De poco importa que la sede en Ginebra de la ONU y la Alianza de Civilizaciones sea un coto privado donde se sienta un rebaño de americanas oscuras con corbata. Un zócalo humano. Negros, blancos, mulatos, amarillos, rubios, morenos, pelirrojos, altos, bajos, delgados y gordos, todos visten con el uniforme oficial del único Estado al que representan, de la única cultura posible, de la única religión planetaria: la codicia capitalista. Ésa que yo no acato ni de la que tampoco puedo liberarme.

 

 

Todo el discurso de la interculturalidad no es más que una pantomima para vestir de colores el consumismo globalizado. Como una especie de maniquí al que disfrazan con mil ropajes para que parezca distinto lo que en el fondo no deja de ser una dictadura cultural ejercida por un puñado de Estados. Y lo que es peor, aceptada por las masas que padecen, como dice Mayor Zaragoza, no una crisis mundial “en el” sino “del” capitalismo. Yo prefiero, sin embargo, el diagnóstico visionario de Blas Infante: La crisis de Occidente no es económica ni política, sino humana, una crisis de humanidad. Hace mucho que dejé de creer en los Estados y en los mercados. Los dos se me han impuesto como el nombre al nacer. Yo sólo creo en el ser humano libre, consciente de su memoria y responsable de su porvenir. Y el artista debería ser uno de sus prototipos siempre que conciba su obra como una proyección vital de su actitud crítica. Por eso no creo en Barceló. Por inhumano. Porque no debió cobrar ese dinero. Si al menos devolviera el medio millón desviado de los fondos para el desarrollo, su gesto de rebelión ética equivaldría a seis millones de cúpulas como la suya y dejaría en vergüenzas a la panda de mediocres y usureros que la observan desde abajo. Pero mientras no lo haga, para mí su cúpula será una vulgar cópula y él su vulgar mamporrero.