El Truco De Las Ovejas

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Como buen anarquista, mi abuelo desconfiaba de todos los dioses convencionales menos de uno: la ciencia. En verdad, había cambiado una religión por otra y con idéntico proselitismo quería convertirme. Todavía recuerdo alguno de los chascarrillos que utilizaba para demostrarme la impunidad de las matemáticas y lo equivocadas que estaban las sagradas escrituras. Como el de las ovejas. Mi abuelo cogía once papelitos y me contaba que un pastor se los dejó en herencia a sus tres hijos. Al mayor le dio la mitad; al mediano, la cuarta parte; y al pequeño, la sexta. El reparto se sometía a una sola condición: las ovejas debían quedar vivas y enteras. Pero a los hijos no les salían cuentas sin sacrificar alguna. Estaban a punto de quebrantar la voluntad de su padre cuando apareció otro pastor amigo. El mayor le contó el problema y el buen hombre le dio la solución: toma una oveja de las mías y vuelve a partir. Mi abuelo añadía un papelito. Ya eran doce. El hijo mayor tomó seis; el mediano, tres; y el pequeño, dos. En total, once ovejas. El pastor recuperaba la suya y los hijos salían ganando. Todos felices. Mi abuelo, más que ninguno. Sonreía como un prestidigitador victorioso mientras recogía los papelitos. Y yo aplaudía sorprendido. Mejor dicho: embaucado. Timado. Estafado. Porque no era un cuento: era un truco. Mi abuelo me engañaba sin saberlo porque él mismo estaba engañado. Creía que la oveja de ida y vuelta ponía fin al cuento. Pero esa oveja de más no era la solución: era el problema.  

 

Por eso tampoco me creo el nuevo modelo de financiación con el que Zapatero ha seducido a la práctica unanimidad de Presidentes autonómicos. Ya no me asombra la audacia con que representa el papel de pastor amigo, sino la simpleza y candidez de los que se lo han tragado. Desde Aguirre a Ibarretxe. A todos les ha prometido más de lo que reciben ahora y a todos conforme a los criterios que ellos mismos han exigido. La propuesta toma la población como referente principal con las correcciones de superficie, dispersión, insularidad, envejecimiento, edad en la atención sanitaria y edad escolar. Igual que los hijos del pastor, las Comunidades Autónomas recibirán más de lo que al principio les correspondía con las cuentas justas. Pero para que cuadren es necesario que Zapatero tenga guardada una oveja en la manga. Todos sabemos que no la tiene. ¿Dónde está el truco?

Cuando el pastor repartió la herencia dejó una porción sin dueño. Porque un medio, más un cuarto, más un sexto, no hacen la unidad. Al añadir la oveja y redondear, los hijos se apropiaron de esa parte. En el documento del 30 de diciembre de 2008, además de los distintos Fondos de Convergencia para igualar, Zapatero ha incluido unos “recursos adicionales” para desequilibrar. Unas cloacas de dinero clandestino para que la oveja de alguien se la coman otros. Esa oveja se llama deuda histórica y era de Andalucía. En el fondo mi abuelo tenía razón: las matemáticas no engañan. A los ingenuos, sí. Y a los sumisos, también.

Los Hijos Del Almendro

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Dos mil nueve será el año del retorno forzado de los emigrantes andaluces a nuestra tierra. Un hecho sin precedentes en la milenaria historia de Andalucía. Maldita coincidencia. Justo cuatrocientos años después de la expulsión de los moriscos. Y setenta años después del exilio republicano tras la última guerra civil. Dos racismos en la misma España: el religioso y el ideológico. Moros y rojos. Españoles que no podían serlo para la España intolerante que todavía bulle en el subconsciente colectivo de este país de analfabetos emocionales. 

Justo lo contrario ocurrirá en Andalucía durante el año del pleno empleo para el régimen chavista. Los que se fueron de la casa de sus padres para buscarse el pan más allá de Despeñaperros, no tendrán más remedio que regresar a Andalucía para seguir comiendo. Son los hijos del almendro que vuelven por navidad pero para quedarse de enero a diciembre. La crisis ha golpeado con extrema dureza las zonas de crecimiento histórico peninsular. Las zonas políticamente intocables. Allí, después de la criba del racismo nacionalista español, vendrá la del racismo nacionalista autonómico. Primero echarán a los extranjeros de segunda clase. Y luego, ya verán, a los extranjeros de primera: emigrantes españoles que no sean nativos de la comunidad autónoma en la que trabajen. Los andaluces representamos el colectivo más numeroso dentro de ésta última y nueva clase social de marginados. Más de un millón y medio residen fuera de Andalucía. Ochocientos mil en Cataluña, trescientos mil en Madrid, y unos doscientos cincuenta mil en Valencia y Baleares. Muchos de ellos perderán sus puestos de trabajo. Dejarán sus pisos porque no podrán pagar la hipoteca. Tendrán que emigrar de nuevo a dónde se viva mejor. Y por primera vez en la diáspora andaluza, no retornarán a la tierra que dejaron por nostalgia sino por necesidad. Porque donde antes sobraba el pan ahora sobra el hambre. Porque donde comen dos comen tres. Y porque el pan se divide en casa de uno y el hambre se multiplica en casa ajena.

 
Nadie ha denunciado todavía esta gravísima distorsión en la lógica histórica de Andalucía. Ni nadie conoce aún la magnitud de las secuelas económicas y sociales que provocará en nuestra tierra. Los emigrantes andaluces no existían en las listas del SAE. A efectos legales y estadísticos, eran más extranjeros que los inmigrantes. Ahora la situación no será exactamente la opuesta, sino la exponencial. Ocho de cada cien residentes en Andalucía son extranjeros. Conozco a muchos que predicen el choque de convivencias entre los inmigrantes y los hijos del almendro. Yo temo mucho más al conflicto que surgirá entre ambos y los nuevos parados andaluces. Porque el hambre guarda idéntico recelo con todo aquel que les hable distinto, sean chinos, marroquíes, rumanos, sudaneses, o andaluces desarraigados que despreciaron su manera de hablar para presumir con el acento de la misma cuna que hoy los expulsa. Como a moriscos. Como a rojos. A todos ellos les deseo feliz dos mil nueve. El año del pleno empleo en Andalucía.