La PróTesis Del Ojo

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No vemos la luz. Y sin la luz no veríamos nada. La luz nos permite ver todo lo visible menos a ella. Como la luna con relación al sol, los seres humanos sólo somos receptáculos de luz. Sombras. Los huéspedes de la caverna de Platón y Saramago. El ojo capta la luz y la codifica en impulsos nerviosos que el cerebro traduce en imágenes. Las células sensoriales de la retina se llaman bastones y conos. Las primeras reaccionan en la oscuridad para distinguir el negro del blanco. Los conos se activan con la luz para discriminar el espectro de colores a partir del rojo, el azul y el verde. RGB. Los colores de la televisión. Una prótesis fabricada a imagen y semejanza del ojo. En ella nos vemos como somos. Porque somos lo que vemos.

 

 El color por excelencia es el rojo. El color del alba y del ocaso. El color que nace con el día y se precipita hacia las sombras de la noche. El color del PSOE. Y el color que da nombre al Ministro de Justicia más infame de la historia de la democracia: Bermejo. El que debiera ser escaparate de la legalidad del Estado, mata sin licencia venados al lado de jueces y policías. Como una prótesis de Franco. La fotografía manda a la mierda la división constitucional de poderes. Entre vítores y aplausos, entre filtraciones de sumarios y huelga de jueces, los suyos lo llaman torero en el Congreso. Lejos de dimitir como haría cualquier persona decente, Bermejo se ruboriza desolado y lamenta su ignorancia geográfica en Telecinco: “creí que Andújar estaba en Castilla-La Mancha”.

 

Azul es el color más cercano a las sombras. El color del recuerdo. El color con la longitud de onda más corta y frecuencia más rápida. El color del PP. Y el color de las corbatas de sus ediles y de sus espías y de sus escándalos propios e inducidos cuando casualmente coinciden convocatorias electorales. También es azul el color de las lenguas de las reses enfermas. Gallegas en su mayoría. Como Rajoy.

 

Verde es el único color primario y compuesto a la vez. Es el corazón del rojo. Y el color del horizonte donde confluyen el amarillo de los trigos y el azul del Guadalquivir. El río que legalmente no nos pertenece. Sólo tenemos competencias sobre sus aguas. Para pintarlas de verde, por ejemplo. El verde de la esperanza contenida en la bandera andaluza que enterramos el 18 de febrero de 2007. El estatuto de la vergüenza y del incumplimiento. El segundo aniversario lo celebró Canal Sur informando sobre las elecciones que más importan a los andaluces: las gallegas y las vascas.

Negro es la ausencia de luz. Negro es el color de las togas y del cieno que engulló a Marta y del alma de su asesino y del cerebro de los periodistas que entrevistaron a la niña novia del criminal y del corazón de sus padres que lo permitieron y de los escrúpulos de las cadenas que pagaron por ello y de la codicia de las empresas que se anunciaron en los intermedios y del morbo animal de los telespectadores. Más de un tercio de la audiencia. Porque vemos lo que somos. Porque somos lo que vemos

Cardos Y Flores

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No pertenezco a la generación que conquistó la libertad, sino a la que dilapidó la libertad conquistada. Quizá por eso vestíamos de luto instintivo por la modernidad que acabábamos de enterrar. Cada uno pertenecía a una tribu estética para evidenciar que éramos tan libres como manipulables. Siniestros, punkies, tecnos, rockabillys, heavys… Todos tan moral y políticamente vacíos como las canciones que bailábamos en la conquista de la noche. Nuestra única conquista. 

 

            Mi generación despreciaba cualquier obra creativa con más de seis meses de antigüedad. Por eso ni siquiera me digné a escuchar lo que cantaron durante los sublimes 70 aquellos artífices de la libertad que yo estaba gastando. Y mucho menos si no lo hacían en inglés. Y mucho menos si eran andaluces. Hace un mes cayó en mis manos un disco con una Lole hermosamente gitana mirando al suelo en la portada, y un afeitado Manuel que no me quita la vista de encima en la contra. El corte 6 se llama “Todo es de color” y dice así: De lo que pasa en el mundo por Dios que no entiendo ná, el cardo siempre gritando y la flor siempre callá. Que grite la flor y que se calle el cardo: y tó aquel que sea mi enemigo que sea mi hermano. Sigamos por esta senda a ver que luz encontramos, esa luz que está en la tierra y que nosotros apagamos. Me tiembla la sangre cada vez que la escucho.

 

            Siento que vivimos en una sociedad enferma de parálisis emocional. No soy un misántropo. Tampoco un pesimista. Sólo alguien que se sabe nadie y que ha comprobado como hemos pasado de malvivir a malgastar, de la economía de la subsistencia a la de la especulación, del hambre al empacho, del sudor en el surco al sudor del gimnasio, de la lucha por la esperanza a esperar que otros luchen por nosotros. Yo desdeñé conocer los detalles de aquella época en que callaron los cardos y hablaron las flores. La primavera de las utopías. El mayo francés. Praga. Andalucía. Y contribuí con mi soberbia ignorante a que callaran las flores y volvieran a gritar los cardos.

 Fácil. Rápido. Cómodo. La gente prefiere robar cochinos que le quiten inmediatamente el hambre, a apostar por una esperanza política que le suponga problemas, tiempo y esfuerzo. La gente ha aceptado ser flor callada en las trincheras y cardo en los bares. Los jóvenes callan frente al atropello intelectual y laboral que les supondrá la estandarización bajo mínimos de Bolonia. Las mujeres callan frente al incremento exponencial del desempleo con papeles y toman el autobús para limpiar las casas de los funcionarios. Casi medio millón en Andalucía. Los partidos echan a los suyos a la calle con pancartas de protesta en blanco porque no saben qué hacer ni qué decir. Un político chilla en televisión contra un ministro que chilla contra una presidenta autonómica que chilla contra un juez que chilla en el silencio de su despacho. Pronto llegará la primavera. Y como decían Triana en su “Todo es de color”: Qué bonita es la primavera cuando llega. Que hable la flor y que calle el cardo

DesáNimo

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Me niego a vivir anclada en el desánimo. Eso dijo ella tras escuchar mi visión apocalíptica sobre el drama humano que la globalización de la avaricia ha provocado en el planeta. Hace más de un año me respondió igual en una tertulia radiofónica, desgraciadamente desaparecida y que ella misma moderaba. Antes y ahora me limité a rasgar el velo que separa lo evidente de lo invisible. Y jode. Porque obligas a ver lo que no se quiere ver. Crisis, la llaman. Pero es mentira. Es el estertor de un cáncer terminal que ya existía.

En el debate estéril y olvidado entre los cuatro candidatos a la Presidencia de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves vaticinó que 2009 sería el año del pleno empleo y Julián Alvarez que sufriríamos una crisis de trágicas dimensiones. Conservadores y comunistas apelaron a sus discursos estereotipados y ninguno mencionó la palabra maldita. Manuel Chaves ganó las elecciones y Julián Álvarez quedó fuera del Parlamento. El primero mentía y el segundo decía la verdad. Pero los andaluces se negaron a vivir anclados en el desánimo.

Mi amigo Antonio encontró empleo en una fábrica de Villarreal. Ganaba mucho y trabajaba más. Allí se compró un piso y allí tuvo dos hijos. También allí se moría de pena. Echaba en falta la luz intangible de su pueblo. Vendió el piso y con la miseria que le sobró se vino a buscarse la vida. Comenzó pintando por horas. Lleva veinte meses sin trabajo. Y sin ayuda. Ayer me lo encontré rifando un manojo de espárragos. Este año volverá a salir en carnavales. Porque se niega a vivir anclado en el desánimo.      

Un conocido constructor recibió un crédito multimillonario para especular con los pisos que construiría. La mitad no los hizo. Vendió unos pocos. Y el resto siguen vacíos. El constructor se fue a la quiebra y mandó al paro a todos sus trabajadores. Hoy, esa misma entidad bancaria se niega a conceder un préstamo a uno de sus clientes ahorradores para pagar la hipoteca de uno de esos pisos. El mismo banco que infló su precio y que ha recibido a cambio una millonada del Estado. Él es autónomo. Su mujer, ama de casa. Tienen tres hijos. Han reservado mesa para el día de los enamorados. Y en algún momento de la noche ella le dirá que ha encontrado otra casa que limpiar que no es la suya. Porque se niega a vivir anclada en el desánimo.           

Él dejó el campo para irse a los hoteles con su novia. Compraron un piso y tuvieron un niño. Se separaron el año pasado. Él vive con su hijo y todo lo que gana va directamente a la hipoteca. No hay turismo. Le han propuesto trabajar menos y cobrar aún menos. No sabe qué hacer. Ni qué comer. Regresar equivale a perder lo que más quiere. Ha conocido a otra chica pero teme enamorarse de ella. Porque se niega a vivir anclado en el desánimo.

Ella dijo lo que sentía. Tiene razón y todo el derecho a negarse a ver lo evidente. Como tú. Y yo tengo el deber de aceptarlo, sobreponerme a este infecundo cansancio, y seguir buscando la utopía de la esperanza. Para no vivir anclado en el desánimo