Admiro a los y las feministas que me hicieron ver la discriminación invisible que padece la mujer. A quienes me han ayudado a comprender el daño invisible que sufren las y los homosexuales. Parados. Enfermos. Discapacitados. Marginados. Admiro a los y las ecologistas que me enseñaron a ver la deforestación que no veía. Hay muchas causas legítimas que defender. Por eso no entiendo a los que miran hacia otro lado cuando hablamos de las discriminaciones que padece Andalucía como sujeto político dentro del Estado. Hoy hemos sabido que las y los andaluces nos morimos antes que la media española. Ahí es nada. Según el informe emitido por la Asociación para la Defensa de la Sanidad Pública de Andalucía, nuestra esperanza de vida no se igualará a la de Navarra y País Vasco hasta 2020. El propio informe reconoce la irresponsabilidad de la sanidad pública andaluza al no corregir estas desigualdades. Hace unos días el Observatorio Económico de Andalucía volvió a evidenciar que las y los andaluces nos hayamos en los últimos lugares en los índices de bienestar, empleo, sanidad, medioambiente y educación. Pero increíblemente este órgano propone como solución renunciar a la “deuda histórica”, es decir, a la partida obligatoria que el Estado debe pagarnos para no ser más pero tampoco menos que nadie. Ya ves. Adiós al mito. En Andalucía se vive peor y nos morimos antes. Otra cosa es que a nadie le importe. Por eso sonríen los ignorantes. A beber y bailar que estamos en Mayo.