La PróTesis Del Ojo

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No vemos la luz. Y sin la luz no veríamos nada. La luz nos permite ver todo lo visible menos a ella. Como la luna con relación al sol, los seres humanos sólo somos receptáculos de luz. Sombras. Los huéspedes de la caverna de Platón y Saramago. El ojo capta la luz y la codifica en impulsos nerviosos que el cerebro traduce en imágenes. Las células sensoriales de la retina se llaman bastones y conos. Las primeras reaccionan en la oscuridad para distinguir el negro del blanco. Los conos se activan con la luz para discriminar el espectro de colores a partir del rojo, el azul y el verde. RGB. Los colores de la televisión. Una prótesis fabricada a imagen y semejanza del ojo. En ella nos vemos como somos. Porque somos lo que vemos.

 

 El color por excelencia es el rojo. El color del alba y del ocaso. El color que nace con el día y se precipita hacia las sombras de la noche. El color del PSOE. Y el color que da nombre al Ministro de Justicia más infame de la historia de la democracia: Bermejo. El que debiera ser escaparate de la legalidad del Estado, mata sin licencia venados al lado de jueces y policías. Como una prótesis de Franco. La fotografía manda a la mierda la división constitucional de poderes. Entre vítores y aplausos, entre filtraciones de sumarios y huelga de jueces, los suyos lo llaman torero en el Congreso. Lejos de dimitir como haría cualquier persona decente, Bermejo se ruboriza desolado y lamenta su ignorancia geográfica en Telecinco: “creí que Andújar estaba en Castilla-La Mancha”.

 

Azul es el color más cercano a las sombras. El color del recuerdo. El color con la longitud de onda más corta y frecuencia más rápida. El color del PP. Y el color de las corbatas de sus ediles y de sus espías y de sus escándalos propios e inducidos cuando casualmente coinciden convocatorias electorales. También es azul el color de las lenguas de las reses enfermas. Gallegas en su mayoría. Como Rajoy.

 

Verde es el único color primario y compuesto a la vez. Es el corazón del rojo. Y el color del horizonte donde confluyen el amarillo de los trigos y el azul del Guadalquivir. El río que legalmente no nos pertenece. Sólo tenemos competencias sobre sus aguas. Para pintarlas de verde, por ejemplo. El verde de la esperanza contenida en la bandera andaluza que enterramos el 18 de febrero de 2007. El estatuto de la vergüenza y del incumplimiento. El segundo aniversario lo celebró Canal Sur informando sobre las elecciones que más importan a los andaluces: las gallegas y las vascas.

Negro es la ausencia de luz. Negro es el color de las togas y del cieno que engulló a Marta y del alma de su asesino y del cerebro de los periodistas que entrevistaron a la niña novia del criminal y del corazón de sus padres que lo permitieron y de los escrúpulos de las cadenas que pagaron por ello y de la codicia de las empresas que se anunciaron en los intermedios y del morbo animal de los telespectadores. Más de un tercio de la audiencia. Porque vemos lo que somos. Porque somos lo que vemos

Cardos Y Flores

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No pertenezco a la generación que conquistó la libertad, sino a la que dilapidó la libertad conquistada. Quizá por eso vestíamos de luto instintivo por la modernidad que acabábamos de enterrar. Cada uno pertenecía a una tribu estética para evidenciar que éramos tan libres como manipulables. Siniestros, punkies, tecnos, rockabillys, heavys… Todos tan moral y políticamente vacíos como las canciones que bailábamos en la conquista de la noche. Nuestra única conquista. 

 

            Mi generación despreciaba cualquier obra creativa con más de seis meses de antigüedad. Por eso ni siquiera me digné a escuchar lo que cantaron durante los sublimes 70 aquellos artífices de la libertad que yo estaba gastando. Y mucho menos si no lo hacían en inglés. Y mucho menos si eran andaluces. Hace un mes cayó en mis manos un disco con una Lole hermosamente gitana mirando al suelo en la portada, y un afeitado Manuel que no me quita la vista de encima en la contra. El corte 6 se llama “Todo es de color” y dice así: De lo que pasa en el mundo por Dios que no entiendo ná, el cardo siempre gritando y la flor siempre callá. Que grite la flor y que se calle el cardo: y tó aquel que sea mi enemigo que sea mi hermano. Sigamos por esta senda a ver que luz encontramos, esa luz que está en la tierra y que nosotros apagamos. Me tiembla la sangre cada vez que la escucho.

 

            Siento que vivimos en una sociedad enferma de parálisis emocional. No soy un misántropo. Tampoco un pesimista. Sólo alguien que se sabe nadie y que ha comprobado como hemos pasado de malvivir a malgastar, de la economía de la subsistencia a la de la especulación, del hambre al empacho, del sudor en el surco al sudor del gimnasio, de la lucha por la esperanza a esperar que otros luchen por nosotros. Yo desdeñé conocer los detalles de aquella época en que callaron los cardos y hablaron las flores. La primavera de las utopías. El mayo francés. Praga. Andalucía. Y contribuí con mi soberbia ignorante a que callaran las flores y volvieran a gritar los cardos.

 Fácil. Rápido. Cómodo. La gente prefiere robar cochinos que le quiten inmediatamente el hambre, a apostar por una esperanza política que le suponga problemas, tiempo y esfuerzo. La gente ha aceptado ser flor callada en las trincheras y cardo en los bares. Los jóvenes callan frente al atropello intelectual y laboral que les supondrá la estandarización bajo mínimos de Bolonia. Las mujeres callan frente al incremento exponencial del desempleo con papeles y toman el autobús para limpiar las casas de los funcionarios. Casi medio millón en Andalucía. Los partidos echan a los suyos a la calle con pancartas de protesta en blanco porque no saben qué hacer ni qué decir. Un político chilla en televisión contra un ministro que chilla contra una presidenta autonómica que chilla contra un juez que chilla en el silencio de su despacho. Pronto llegará la primavera. Y como decían Triana en su “Todo es de color”: Qué bonita es la primavera cuando llega. Que hable la flor y que calle el cardo

DesáNimo

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Me niego a vivir anclada en el desánimo. Eso dijo ella tras escuchar mi visión apocalíptica sobre el drama humano que la globalización de la avaricia ha provocado en el planeta. Hace más de un año me respondió igual en una tertulia radiofónica, desgraciadamente desaparecida y que ella misma moderaba. Antes y ahora me limité a rasgar el velo que separa lo evidente de lo invisible. Y jode. Porque obligas a ver lo que no se quiere ver. Crisis, la llaman. Pero es mentira. Es el estertor de un cáncer terminal que ya existía.

En el debate estéril y olvidado entre los cuatro candidatos a la Presidencia de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves vaticinó que 2009 sería el año del pleno empleo y Julián Alvarez que sufriríamos una crisis de trágicas dimensiones. Conservadores y comunistas apelaron a sus discursos estereotipados y ninguno mencionó la palabra maldita. Manuel Chaves ganó las elecciones y Julián Álvarez quedó fuera del Parlamento. El primero mentía y el segundo decía la verdad. Pero los andaluces se negaron a vivir anclados en el desánimo.

Mi amigo Antonio encontró empleo en una fábrica de Villarreal. Ganaba mucho y trabajaba más. Allí se compró un piso y allí tuvo dos hijos. También allí se moría de pena. Echaba en falta la luz intangible de su pueblo. Vendió el piso y con la miseria que le sobró se vino a buscarse la vida. Comenzó pintando por horas. Lleva veinte meses sin trabajo. Y sin ayuda. Ayer me lo encontré rifando un manojo de espárragos. Este año volverá a salir en carnavales. Porque se niega a vivir anclado en el desánimo.      

Un conocido constructor recibió un crédito multimillonario para especular con los pisos que construiría. La mitad no los hizo. Vendió unos pocos. Y el resto siguen vacíos. El constructor se fue a la quiebra y mandó al paro a todos sus trabajadores. Hoy, esa misma entidad bancaria se niega a conceder un préstamo a uno de sus clientes ahorradores para pagar la hipoteca de uno de esos pisos. El mismo banco que infló su precio y que ha recibido a cambio una millonada del Estado. Él es autónomo. Su mujer, ama de casa. Tienen tres hijos. Han reservado mesa para el día de los enamorados. Y en algún momento de la noche ella le dirá que ha encontrado otra casa que limpiar que no es la suya. Porque se niega a vivir anclada en el desánimo.           

Él dejó el campo para irse a los hoteles con su novia. Compraron un piso y tuvieron un niño. Se separaron el año pasado. Él vive con su hijo y todo lo que gana va directamente a la hipoteca. No hay turismo. Le han propuesto trabajar menos y cobrar aún menos. No sabe qué hacer. Ni qué comer. Regresar equivale a perder lo que más quiere. Ha conocido a otra chica pero teme enamorarse de ella. Porque se niega a vivir anclado en el desánimo.

Ella dijo lo que sentía. Tiene razón y todo el derecho a negarse a ver lo evidente. Como tú. Y yo tengo el deber de aceptarlo, sobreponerme a este infecundo cansancio, y seguir buscando la utopía de la esperanza. Para no vivir anclado en el desánimo

El Truco De Las Ovejas

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Como buen anarquista, mi abuelo desconfiaba de todos los dioses convencionales menos de uno: la ciencia. En verdad, había cambiado una religión por otra y con idéntico proselitismo quería convertirme. Todavía recuerdo alguno de los chascarrillos que utilizaba para demostrarme la impunidad de las matemáticas y lo equivocadas que estaban las sagradas escrituras. Como el de las ovejas. Mi abuelo cogía once papelitos y me contaba que un pastor se los dejó en herencia a sus tres hijos. Al mayor le dio la mitad; al mediano, la cuarta parte; y al pequeño, la sexta. El reparto se sometía a una sola condición: las ovejas debían quedar vivas y enteras. Pero a los hijos no les salían cuentas sin sacrificar alguna. Estaban a punto de quebrantar la voluntad de su padre cuando apareció otro pastor amigo. El mayor le contó el problema y el buen hombre le dio la solución: toma una oveja de las mías y vuelve a partir. Mi abuelo añadía un papelito. Ya eran doce. El hijo mayor tomó seis; el mediano, tres; y el pequeño, dos. En total, once ovejas. El pastor recuperaba la suya y los hijos salían ganando. Todos felices. Mi abuelo, más que ninguno. Sonreía como un prestidigitador victorioso mientras recogía los papelitos. Y yo aplaudía sorprendido. Mejor dicho: embaucado. Timado. Estafado. Porque no era un cuento: era un truco. Mi abuelo me engañaba sin saberlo porque él mismo estaba engañado. Creía que la oveja de ida y vuelta ponía fin al cuento. Pero esa oveja de más no era la solución: era el problema.  

 

Por eso tampoco me creo el nuevo modelo de financiación con el que Zapatero ha seducido a la práctica unanimidad de Presidentes autonómicos. Ya no me asombra la audacia con que representa el papel de pastor amigo, sino la simpleza y candidez de los que se lo han tragado. Desde Aguirre a Ibarretxe. A todos les ha prometido más de lo que reciben ahora y a todos conforme a los criterios que ellos mismos han exigido. La propuesta toma la población como referente principal con las correcciones de superficie, dispersión, insularidad, envejecimiento, edad en la atención sanitaria y edad escolar. Igual que los hijos del pastor, las Comunidades Autónomas recibirán más de lo que al principio les correspondía con las cuentas justas. Pero para que cuadren es necesario que Zapatero tenga guardada una oveja en la manga. Todos sabemos que no la tiene. ¿Dónde está el truco?

Cuando el pastor repartió la herencia dejó una porción sin dueño. Porque un medio, más un cuarto, más un sexto, no hacen la unidad. Al añadir la oveja y redondear, los hijos se apropiaron de esa parte. En el documento del 30 de diciembre de 2008, además de los distintos Fondos de Convergencia para igualar, Zapatero ha incluido unos “recursos adicionales” para desequilibrar. Unas cloacas de dinero clandestino para que la oveja de alguien se la coman otros. Esa oveja se llama deuda histórica y era de Andalucía. En el fondo mi abuelo tenía razón: las matemáticas no engañan. A los ingenuos, sí. Y a los sumisos, también.

Los Hijos Del Almendro

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Dos mil nueve será el año del retorno forzado de los emigrantes andaluces a nuestra tierra. Un hecho sin precedentes en la milenaria historia de Andalucía. Maldita coincidencia. Justo cuatrocientos años después de la expulsión de los moriscos. Y setenta años después del exilio republicano tras la última guerra civil. Dos racismos en la misma España: el religioso y el ideológico. Moros y rojos. Españoles que no podían serlo para la España intolerante que todavía bulle en el subconsciente colectivo de este país de analfabetos emocionales. 

Justo lo contrario ocurrirá en Andalucía durante el año del pleno empleo para el régimen chavista. Los que se fueron de la casa de sus padres para buscarse el pan más allá de Despeñaperros, no tendrán más remedio que regresar a Andalucía para seguir comiendo. Son los hijos del almendro que vuelven por navidad pero para quedarse de enero a diciembre. La crisis ha golpeado con extrema dureza las zonas de crecimiento histórico peninsular. Las zonas políticamente intocables. Allí, después de la criba del racismo nacionalista español, vendrá la del racismo nacionalista autonómico. Primero echarán a los extranjeros de segunda clase. Y luego, ya verán, a los extranjeros de primera: emigrantes españoles que no sean nativos de la comunidad autónoma en la que trabajen. Los andaluces representamos el colectivo más numeroso dentro de ésta última y nueva clase social de marginados. Más de un millón y medio residen fuera de Andalucía. Ochocientos mil en Cataluña, trescientos mil en Madrid, y unos doscientos cincuenta mil en Valencia y Baleares. Muchos de ellos perderán sus puestos de trabajo. Dejarán sus pisos porque no podrán pagar la hipoteca. Tendrán que emigrar de nuevo a dónde se viva mejor. Y por primera vez en la diáspora andaluza, no retornarán a la tierra que dejaron por nostalgia sino por necesidad. Porque donde antes sobraba el pan ahora sobra el hambre. Porque donde comen dos comen tres. Y porque el pan se divide en casa de uno y el hambre se multiplica en casa ajena.

 
Nadie ha denunciado todavía esta gravísima distorsión en la lógica histórica de Andalucía. Ni nadie conoce aún la magnitud de las secuelas económicas y sociales que provocará en nuestra tierra. Los emigrantes andaluces no existían en las listas del SAE. A efectos legales y estadísticos, eran más extranjeros que los inmigrantes. Ahora la situación no será exactamente la opuesta, sino la exponencial. Ocho de cada cien residentes en Andalucía son extranjeros. Conozco a muchos que predicen el choque de convivencias entre los inmigrantes y los hijos del almendro. Yo temo mucho más al conflicto que surgirá entre ambos y los nuevos parados andaluces. Porque el hambre guarda idéntico recelo con todo aquel que les hable distinto, sean chinos, marroquíes, rumanos, sudaneses, o andaluces desarraigados que despreciaron su manera de hablar para presumir con el acento de la misma cuna que hoy los expulsa. Como a moriscos. Como a rojos. A todos ellos les deseo feliz dos mil nueve. El año del pleno empleo en Andalucía.

Entre Dos Fuegos

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 Me agota pensar en lo que quedará de mí cuando muera. Con certeza, la miseria de unas cenizas. Con esperanza, memoria. Y a saber de lo que estará hecha. Memoria y recuerdo no son hermanos gemelos sino mellizos. El recuerdo sólo contiene lo vivido. En la memoria también cabe esa vida que no viviste pero que habitó en otras bocas cuando tú no estabas presente. Un cocktail de verdades y mentiras que confunde lo querido con lo odiado. Calumnias incluidas. Dice un proverbio semítico que calumniar equivale a comer la carne de tu hermano muerto. Lo más repugnante que se puede hacer con una boca. Y aún así, siempre pierde el calumniado. El único que sufre. La calumnia, como la nicotina, se deposita para siempre en el cerebro de quien la escucha. Seguro que en mi autopsia no encontrarán ninguna. Pero daría mi vida por no aparecer calumniado en las de mis seres queridos.

            Manuel Alba fue un jornalero que aprendió a leer y a escribir solo, sin más compañía que la tierra y el cielo. Fundó el Ateneo Popular de Almodóvar del Río en 1925 para que los niños y niñas de su pueblo tuvieran el maestro que él no tuvo. Creyó tanto en la cultura y la libertad que se dejó la vida regalándolas. En 1928 escribió “Entre dos fuegos”. Un drama popular. Un arma de penetración cultural e ideológica. Un alegato libertario en el amor y la política. Escrito por un representante del pueblo. Y representado por el pueblo. Ahí radica su extraordinaria fuerza revolucionaria. Manuel Alba utilizó el teatro como el más potente de sus altavoces. Y marchó al encuentro del público en un gesto entre valiente y suicida. Porque señaló con el dedo a los culpables de la calamitosa situación social de la época. Cara a cara. Donde vivía. El coste fue la calumnia y el desprecio. Terminó causando baja del Ateneo Popular que él mismo fundó para no perjudicarlo con su presencia estigmatizada por los terratenientes y sus parásitos. Pero fue tanta su luz que la quimioterapia de su recuerdo terminó aniquilando el cáncer de las calumnias. El mismo pueblo que le dio la espalda lo buscó para que fuera el candidato anarquista del Frente Popular. Arrasó en las elecciones. A pesar de su confesado pacifismo, fue Comisario Político durante la Guerra Civil. Desapareció en el frente de Pozoblanco en 1937. Siendo Juez de Paz, encontré su partida de nacimiento confundida en los índices. Sin nota marginal de su muerte. Ni domicilio. Así que yo mismo anoté en el espacio vacío: universal. A todos los efectos legales, Manuel Alba no ha muerto y vive en cualquier parte.     

            Aquella obra de teatro desapareció con él hasta que el año pasado encontramos su manuscrito entre los legajos del Archivo Municipal de Córdoba. El Ateneo Popular produjo un cortometraje de su vida y editamos el drama perdido. Hoy, ochenta años después, se vuelve a representar. En su casa. En su pueblo. Y por el pueblo. Demostrando que la memoria no depende del azar sino de la luz que se irradie en vida. La única aspiración por la que merece la pena vivir y morir. A pesar de la calumnia.

La CóPula De Barceló

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Me pone de mala leche la cúpula de Barceló. Mejor dicho, su cópula. Porque nos la ha metido a todos. Vale ya de culpar a los inocentes gobiernos de España y Naciones Unidas. Ellos han pagado religiosamente al artista lo que el artista les pidió. Y no fue tarea fácil. Al parecer tuvieron que sacar del estómago los quinientos mil euros que faltaban como a los lobos de los cuentos. A pesar de esta crisis económica que mata de hambre a media humanidad y de colesterol a la otra media, no se debe nada de los veinte millones que ha costado el gotelec caleidoscópico de la bóveda, incluidos los seis en que cifró el artista su talento y mano de obra. Todos en paz. Bienaventurados sean. En el infierno.  

 

            Un escritor japonés definió el arte como esa zona intermedia, delgada como la piel, que separa la verdad de la mentira. Si es así, lo que ha hecho Barceló no es arte porque se inclina descaradamente hacia el lado del embuste. El portadista de Camarón y cartelista de la última feria de abril sevillana, dice representar en su cúpula la diversidad cultural planetaria en un bosque multicolor de estalactitas. Ahí termina su compromiso: en mentir y quedarse con el botín de la mentira. De poco importa que la sede en Ginebra de la ONU y la Alianza de Civilizaciones sea un coto privado donde se sienta un rebaño de americanas oscuras con corbata. Un zócalo humano. Negros, blancos, mulatos, amarillos, rubios, morenos, pelirrojos, altos, bajos, delgados y gordos, todos visten con el uniforme oficial del único Estado al que representan, de la única cultura posible, de la única religión planetaria: la codicia capitalista. Ésa que yo no acato ni de la que tampoco puedo liberarme.

 

 

Todo el discurso de la interculturalidad no es más que una pantomima para vestir de colores el consumismo globalizado. Como una especie de maniquí al que disfrazan con mil ropajes para que parezca distinto lo que en el fondo no deja de ser una dictadura cultural ejercida por un puñado de Estados. Y lo que es peor, aceptada por las masas que padecen, como dice Mayor Zaragoza, no una crisis mundial “en el” sino “del” capitalismo. Yo prefiero, sin embargo, el diagnóstico visionario de Blas Infante: La crisis de Occidente no es económica ni política, sino humana, una crisis de humanidad. Hace mucho que dejé de creer en los Estados y en los mercados. Los dos se me han impuesto como el nombre al nacer. Yo sólo creo en el ser humano libre, consciente de su memoria y responsable de su porvenir. Y el artista debería ser uno de sus prototipos siempre que conciba su obra como una proyección vital de su actitud crítica. Por eso no creo en Barceló. Por inhumano. Porque no debió cobrar ese dinero. Si al menos devolviera el medio millón desviado de los fondos para el desarrollo, su gesto de rebelión ética equivaldría a seis millones de cúpulas como la suya y dejaría en vergüenzas a la panda de mediocres y usureros que la observan desde abajo. Pero mientras no lo haga, para mí su cúpula será una vulgar cópula y él su vulgar mamporrero. 

RaíCes Y Piernas

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No hace un mes que alquilé una furgoneta de nueve plazas para ir con toda la familia de mi mujer a la boda de un primo suyo en Tarrasa. Una de las muchas ciudades catalanas que levantamos los andaluces. Los mismos que mueren cuando arden las casas. Y los primeros que irán al paro. Él vive en las afueras, en una urbanización sin bares, ni paseos, ni jardines. Sin lugares de encuentro. Un microclima plagado de emigrantes e hijos de emigrantes condenados a la soledad de sus torres. Así, con esta crueldad psicoanalítica, llaman a sus casas. Todas iguales. Grises. Con olivos en la entrada. Azulejos en el zaguán. Algunas macetas en las ventanas. Y antenas parabólicas en los tejados para ver Canal Sur. El tío de mi mujer tiene varios transistores diseminados por toda la casa. En el baño. En la cocina. En el salón. En el trastero. En el patio. Todos anclados en la misma frecuencia: Radiolé. El locutor, un catalán hijo de emigrante, presenta en andaluz. Sin prejuicios. Con naturalidad. Tuve que viajar a Cataluña para escuchar a un profesional que habla frente a un micrófono igual que con sus amigos. En Andalucía, vergonzantemente, los locutores de todas las cadenas de radio y televisión prescinden de su lengua vehicular a menos que pretendan hacer reír a la audiencia.   

 

            Escribo este artículo el mismo día que murió Carlos Cano. Un andaluz comprometido y moderno que cantó a la emigración con la garganta llena de sangre. Una vez le escuché decir que viajando en el tren se le acercó un chaval para pedirle que le avisara cuando llegase a Alemania. Y Carlos le contestó: pasando Despeñaperros, todo es Alemania. La postmodernidad estética de la transición, éticamente vacía, aplastó a Carlos Cano con más virulencia que sus males de corazón. Igual hizo con la conciencia de los andaluces de aquí y de allí. Todos los emigrantes padecen sin saberlo de un síndrome insoportable de desarraigo. Dicen que cuando te amputan una pierna no pierdes jamás la sensación de tenerla. Igual ocurre con el cordón umbilical de tu madre. La vida es sólo un trámite diseñado para intentar olvidar aquella dependencia. He visto morir a varias personas y todas ellas llamaron a sus madres en su último aliento. La madre de aquellos emigrantes se llama Andalucía y ninguno ha logrado superar la tragedia de su pérdida.

 

            Creo que fue Juan Goytisolo quien dijo que si Dios hubiese querido atarnos a un lugar nos hubiera puesto raíces y no piernas. Los árboles mueren donde nacieron por naturaleza. Los hombres por conciencia y libertad. El tío de mi mujer mataría por morir en su tierra. Pero sus hijos nacieron en Cataluña. Y se han casado en Cataluña. Y tiene nietos catalanes. Y él siente como su patria se ha reducido al tamaño de su libro de familia. Es una pena. Al pobre le han crecido raíces en las piernas para quedarse donde no quiere estar. Por eso llama a su madre a todas las horas escuchando copla y a catalanes hablando en andaluz. O conectándose a canal sur para contemplar sus paisajes de siempre descritos por una madrastra que no le quiere y que le habla en un idioma que no entiende.

Capitanes De Quince AñOs

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No había hecho la comunión cuando mal leí “Un capitán de quince años” de Julio Verne. Debía ser invierno porque recuerdo pasar frío en el rellano de la escalera. Solo. Surcando los mares de África y Oceanía. Mientras mis amigos jugaban en la calle a creerse capitanes con los ojos desencajados, yo ya lo era con apenas cerrarlos. Esta misma semana juzgaron a una capitana de diecienueve que azuzó a otros rabos de lagartija para apalear y quemar vivo a un mendigo. Grababan la escena con sus móviles y la colgaban en youtube. La chica alegó estar nerviosa y falta de cariño. Pobre. Nadie la comprende. Esta misma semana capitanes de quince años vitoreaban en Madrid a un delincuente francés, hijo de emigrantes españoles, que golpeó a un policía en un campo de fútbol amparado en el anonimato cobarde de la muchedumbre. El presidente del equipo al que defiende a palos le ofreció su avión privado para llevarlo de la cárcel a Marsella. Como a un héroe. Esta misma semana el gudari más violento de la banda terrorista se orinó encima al ser detenido sin darle tiempo para empuñar el arma. Como un niño. Esta misma semana capitanes de siete años apedrearon a policías griegos para vengar la muerte de un joven de quince. Otros miles de capitanes adolescentes se unieron a la protesta por toda Europa. Con estacas. Y bengalas. Y piedras. Y pañuelos que le cubrían toda la cara menos los ojos desencajados. Y yo he vuelto a cerrar los míos. Para no verlos. Ni imaginarlos.

 

De pequeño quería parecerme a Nick Sand, el capitán de quince años. Él se sabía niño cuando enroló en el ballenero Pilgrim con la sola intención de aprender su oficio. Pero un infortunio durante la travesía de regreso le empujó a coger el timón y asumir prematuramente la responsabilidad del capitán. Nick creció por dentro el doble que por fuera. Por eso quería ser como él. Y cada noche pedía al destino que me brindase una oportunidad similar para transgredir las leyes de la biología y convertirme en adulto instantáneamente. Igual les ocurre a ellos. A los capitanes de quince años que matan indigentes o apalean a policías. Todos se creen adultos. Y todos se mean en los pantalones.

 

Uno de cada tres jóvenes apoya la pena de muerte. Decía Jean Cocteau que la juventud sabe lo que no quiere antes de saber lo que quiere. Ya ni eso. Los jóvenes no se manifiestan en masa contra la crisis globalizada, ni contra la falta de oportunidades, ni siquiera contra procesos tan aberrantes como Bolonia. La tasa de paro juvenil en Andalucía es la mayor de toda Europa. Mayor que en Grecia. Que en Portugal. Que en Irlanda. Los jóvenes no se manifiestan en masa ni a favor ni en contra de nada porque sencillamente ya no son masa. Apenas una papilla grumosa de individuos aislados a los que solo la animalidad de la violencia metaboliza en manada. Cuidado. Les une la irracionalidad. El instinto de conservación como clase. Ya no se mezclan con mayores porque sienten que lo son. Y hacen como ellos. Hacen lo que ven. Matan. Golpean. Queman. Y conducen sus barcos a la deriva. Como capitanes de quince años.

La Mentira Es Verdad Porque Es Mentira

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El 4 de diciembre estuve en la Universidad Pablo Olavide en un acto inimaginable por revolucionario en la Universidad de Córdoba. Se habló de Andalucía. Con el corazón. Con banderas delante y detrás del escenario. Con jóvenes. Cantando y hablando en andaluz. De la infame ocupación del Sáhara y de la vergonzante actitud del Estado español. De la huella morisca en la contemporaneidad y la ocultación pertinaz del hecho que marcó para siempre nuestra alma. Del aplastamiento premeditado del rock andaluz por la movida madrileña, del que yo mismo fui cómplice y víctima ignorante. Ya ves, como casi todo lo auténtico, nada de eso existió para la prensa más ocupada de los políticos profesionales en la representación del 30 aniversario de los Pactos de Antequera. La televisión autonómica celebró el día más importante de la historia reciente de Andalucía con un par de teleseries y una película norteamericana.

 

Me niego a aceptar que la mentira sea lo real y la verdad lo virtual. La verdad es que conozco a muchos familiares y amigos que están en el paro desde hace meses. Sin perspectivas de futuro. Unos en los bares. Otros mendigando un jornal en las aceitunas. Y los más, con la cabeza puesta otra vez en la emigración. La mentira es que Chaves negó la crisis y proclamó durante las elecciones y en el propio parlamento que el 2009 sería el año del pleno empleo en Andalucía. Eso dijo y la masa lo ha olvidado. Yo no. El pueblo tomó por mentirosos a quienes afirmaron la verdad y volvieron a dar su confianza al que mentía. Porque la esperanza es infinitamente más rentable que la evidencia para esta sociedad que sólo aspira a vivir sin dolores de cabeza. Convencida de estar compuesta de derechos y vacía de responsabilidades.

 

La mentira es verdad porque es mentira. Por eso es mentira que ETA haya matado al compañero de la partida de tute. Que ocupe otro en su sitio. Reparte. Sigamos. La verdad es que su muerte no ha cambiado nada en sus vidas como tampoco lo consiguieron los crímenes durante el III Reich en Alemania o el franquismo en España. Qué más da que gasearan a millones de judíos, republicanos, polacos o gitanos a unos metros de tu casa si a cambio tus hijos estudiaban en los mejores colegios. Que más da que hubiera un campo de concentración en el canal de los presos de Sevilla donde torturaban a tu vecino. Que más da que maten a un empresario si los vascos tenemos las mejores carreteras y hospitales. El silencio cómplice ante la mentira nos convierte en alimañas. Y da igual que nuestra pasividad se demuestre frente a un asesinato que ante un embuste más de nuestros gobernantes, tranquilos y felices por habernos secuestrado el legítimo derecho a la repulsa.

 

La mentira nos ha narcotizado haciéndonos creer que es verdad y que nadie puede cambiarla. La verdad es que la gente se pasa horas en urgencias y que espera días para el conocer el resultado de pruebas que tardan minutos. La verdad es que la cuenca del Guadalquivir no nos pertenece. La verdad es que no nos pagaron la deuda histórica… La verdad fue que millones de andaluces salieron a la calle un 4 de diciembre, aquí y en Cataluña, para reclamar lo que hoy es mentira.   

La Cuenca De Los Ojos

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El barrio del olivar nació como un arrabal de mi pueblo en los albores del siglo pasado. Emigrantes almerienses construyeron chozos de barro en sus laderas para habitar como bestias mientras suplicaban tajo a los terratenientes. Huyeron de la piel cuarteada y seca de sus tierras para buscar pan y techo en el jardín de la Vega del Guadalquivir. Aunque hoy el olivar está completamente integrado en el núcleo urbano, los nietos de aquellos jornaleros dicen que van al pueblo cada vez que bajan la calle Santo. Como si todavía vivieran fuera de él. Como si hubieran heredado el sentimiento de rechazo y desconfianza que padecieron sus antepasados. Los señoritos quedaban con ellos en las afueras para escogerlos porque trabajaban por menos que los naturales del pueblo. Como los subsaharianos de ahora. Un siglo después, la mayoría de sus hijos cambiaron la legona por el palaustre. Los chozos por casas hipotecadas de tres plantas. Los pies descalzos por coches de gama alta. A media mañana de ayer entré en un bar atestado de ellos porque no hay trabajo en la construcción ni campo donde refugiarse.    

 

Almería es la única provincia andaluza que generó empleo el mes pasado. En el campo. Precisamente en el campo menos fértil y más áspero de Andalucía. Terrible paradoja. Allí donde la tierra es más fructífera, allí donde hay más agua, el paro ha crecido exponencialmente. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de placas solares que producen energía a bajo coste para que luego las eléctricas nos la revendan y se lucren con la diferencia.
 
Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de ladrillo. De urbanizaciones a medio hacer y a medio habitar. De banderas y pancartas con nombres de promotoras y bancos en quiebra. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de embalses faraónicos que han destruido por completo la historia de nuestro paisaje milenario. Pantanos ideados para abastecer de energía a las eléctricas y de agua a los arroceros de las islas a cientos de kilómetros más abajo. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, están sembradas de nada con subvenciones. De todo aquello que nos imponen desde Bruselas y que no se recolecta porque el precio está por debajo de los jornales.
 
Y ahora, para colmo de locos, Huelva es la provincia con mayor producción de frutales. Empresarios están destruyendo dehesas para amontonar naranjos justo por donde no pasa el río. Las riberas del Guadalquivir, las más ricas de Europa, son las más pobres en PIB y con la tasa de paro más altas de la Unión.  En el otro extremo, Almería gracias a dos metamorfosis: la de sus tierras y la de sus jornaleros. Aquellas se vistieron de plástico para convertirse en vergel y ellos en empresarios agrícolas y familiares. Todo sería diferente si Andalucía tomara a la economía almeriense como ejemplo. Si el campo andaluz sirviera para lo que es. Si la eterna reforma agraria se hubiera llevado a cabo. Ahora la cuenca del Guadalquivir nos pertenece. Ojalá se llene de sudor y no de lágrimas.

Juicio A La Democracia

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En otro tiempo los seres humanos sabían con exactitud la hora de su muerte. Cuentan que Dios bajó a la tierra y preguntó a un campesino por la razón de su desidia. Y el hombre contestó airado que abandonó la cosecha cuando supo que no estaría vivo para disfrutarla. Entonces Dios decidió que no era bueno que los hombres supieran de antemano la hora de su muerte y les privó de ese conocimiento para que trabajaran hasta el último día como si fueran a vivir eternamente.

 

            Franco trabajó hasta su muerte en la sucesión sabiendo que no disfrutaría de la cosecha. Su legado era su presente. Y sembró de silencios los libros de historia y de muertos las cunetas. A todos ellos les sobrevino la muerte como un rayo en mitad del verano. Como un paréntesis eterno en mitad de la vida. Todavía hoy quedan cientos de miles de desaparecidos durante la guerra y la posguerra con el estado civil de inmortal para el Registro Civil. Vivos para la ley y para los corazones de quienes los amaron hasta la incertidumbre. Yo he rastreado a varios sin éxito. Cuando murió el culpable de la oscuridad, a muchos les sobrevino la esperanza de matar dignamente a sus seres queridos. De inscribirlos al fin en el libro de fallecimiento. Y muchos murieron entonces. Salieron de la tierra como vivos de paradero incierto, para volver a la tierra ya muertos del todo. La UCD asumió la responsabilidad histórica de enterrar el dolor latente de las fosas comunes en nichos individuales con nombres y apellidos. Los conservadores tenían que aparentar dos veces lo que no debían ser para evitar las negras tormentas acechando los aires. Pagaron las indemnizaciones a los represaliados y familiares en concepto de clases pasivas del Estado. Permitieron el acceso a las cárceles para investigar. Yo he visto lápidas en Iglesias con fecha del 77 en memoria de los caídos defendiendo sus respectivos ideales. Luego llegó la victoria socialista. Y con ella, el final de la transición democrática. Los desaparecidos volvieron a dormir en sus cunetas. La izquierda que metió a España en la OTAN, la izquierda que gobernó las comunidades autónomas, las ciudades y los pueblos, la izquierda, sí, la izquierda, enterró el anhelo de un juicio penal contra la dictadura.

  

             Treinta años después, mi tía Rosa me acercó la carpeta azul donde mi abuelo guardaba las facturas del panteón para los fusilados en Almodóvar del Río, abierto en el 79 y ahora en pésimo estado. Y me la dio apenas enterarse del auto del Juez Garzón. Él no ha tomado una decisión jurídica, sino política. Ha vestido de moderación la ley de memoria histórica. Por eso calla el Gobierno. Pero Garzón no está juzgando a la dictadura: está juzgando a la democracia. Está poniendo voz a los que se sintieron traicionados por la izquierda más conservadora de España. La misma que refunda el capitalismo salvando a los ricos con el dinero de los pobres. Garzón sabe que perdiendo la batalla jurídica ganará la moral. Esa que aspiró a hacer justicia con los que murieron antes de tiempo para vivir eternamente.

Miedo Al Miedo

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Clásico en Bogotá: Santa Fe contra Millonarios. Rojos contra azules. Pobres contra adinerados. Yo iba con los primeros. Con los que suelen perder a corto plazo y ganar con la distancia. Me acompañaron al estadio unos amigos de las barras rojas. La policía nos cacheó en el umbral del fondo sur. Normal. Apenas unos metros después nos volvieron a registrar unos soldados. También lo entiendo. Hace diez años la guerra civil colombiana era todavía más áspera y cotidiana que una matanza de cerdos. Los militares formaban parte del mobiliario urbano de sus ciudades. Uno por cada esquina. La guerrilla, el ejército, autodefensas, cualquiera podría ser culpable de dinamitar las furgonetas de la cruz roja que auxiliaban a sus propios muertos. No eran noticiables los secuestros con menos de diez personas sin extranjeros. Un miedo rayano a la locura formaba parte del aire en idéntica proporción al oxígeno. En mitad de las escaleras del primer anfiteatro nos volvieron a cachear incautándonos las correas de los pantalones. Yo me negué. Dije que no podían tratarme como a un presunto delincuente. Que me la quitaran cuando me viesen golpear con ella a otro. Los policías no mudaron el gesto. Uno se limitó a agarrarme por la espalda y el otro a arrojar mi cinturón a la calle. A pesar de la caótica lluvia de correas, los ladrones actuaban con cierta moralidad al revender sólo las que se quedaban sin recoger a la salida del encuentro. De pie en las gradas, entre los cánticos y el colorido de las barras rojas y azules, asomaban cuchillos, aguardiente y bengalas. En descargo de las fuerzas de seguridad, a todos los hinchas se les caían los calzones.

 

            Una semana después fui a un festival de música al aire libre. El mismo ritual a la entrada. Cacheos y más cacheos. Como si fuésemos prestidigitadores capaces de sacar un arma de fuego de la entrepierna. En el último registro me quitaron el tapón de mi botella de agua. Yo pregunté por qué. Y me volvieron a tratar como a un potencial terrorista obsesionado con agredir a la cantante de Aterciopelados de un botellazo en la garganta. Tampoco se podía entrar alcohol. En teoría. Durante el concierto, los vendedores clandestinos predicaban agua en voz alta a 500 pesos y vendían aguardiente a 2000 en su lugar. 

 

            En el aeropuerto de Ámsterdam nos obligarán a pasar por un escáner que te desnuda por completo a los ojos de la policía. El mismo mal. Los mismos atropellos. La misma sinrazón. El mismo desprecio por la intimidad de la persona. El mismo miedo. Da igual que te quiten un tapón, una correa o que te desnuden sin quitarte nada de ropa. Porque ya te han desvestido de la cualidad más humana: la libertad. La presunción de inocencia. La soberanía individual. Decía Bertrand Rusell que “la educación en la crueldad y el miedo es mala, pero los que son esclavos de estas pasiones no pueden dar otro tipo de educación”.  Yo me niego a pertenecer a esta categoría de esclavos y a que me enseñen los que sí lo son y lo aceptan sin remilgos. Coincido con Ludwing Borne en que el hombre más peligroso es aquel que tiene miedo. Y yo sólo tengo miedo de los que lo tienen.

Y La Luz Brilla En Las Tinieblas

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Veinte años antes de su muerte, Tolstói comenzó a escribir un drama autobiográfico al que llamó Y la luz brilla en las tinieblas. En él se retrata incoherente. Atormentado. Solo. El príncipe intelectual y moral de la revolución bolchevique, no soportaba vivir como un noble mientras alentaba con sus palabras la insurrección de los miserables. El oficio de escritor permite duplicar su existencia en personajes que viven en cada página lo que desearía haber vivido. Tolstói no lo hizo con su propia muerte. Él ansiaba morir en paz con su conciencia, como un mendigo, en la calle, lejos de su palacio y de su esposa. Pero dejó la tragedia inacabada para que la terminase de escribir la vida. Por cobarde.

             Rosa Aguilar, la princesa intelectual y moral del liberalismo comunista, también quiere abandonar su casa y su pareja de gobierno. Huir. Pero no puede. Por cobarde. Y ha decidido que sea la vida, que sean otros, los que pongan final a su tragedia íntima. Como Tolstói.

 Ella sabe que es el gozne en los pactos globales de IU y PSOE. Aún así, actuó por su cuenta desde la campaña para dejar claro que quien pactaba en Córdoba era Rosa Aguilar y no su partido. La razón del acuerdo consistía en que todos los éxitos y fracasos del cogobierno fuesen imputables a ella y al PSOE, nunca a IU. Conseguido. Ahora solo queda salir de donde no está para cruzar a la otra orilla. Pero nadie la llama. Ni nadie la echa. Tiene que irse sola. Y ha llegado el momento.

Ya no queda nada de aquella IU de los 21 escaños en Andalucía. Miento. Queda el Partido Comunista. Y sus sedes. Es decir, todo. En Sevilla es más que probable que ganen los críticos con el apoyo del ínclito Sánchez Gordillo y los suyos de la CUT. Pero en el resto de Andalucía, ganará el PCA. Y en la federal, el PCE. Y entonces Izquierda Unida volverá a ser lo que siempre fue: una realidad virtual y evanescente compuesta del partido y de los que comen del partido.

Stefan Zweig, en una magnífica recomposición del final del drama de Tolstói, pone en boca de un estudiante estas palabras: “Todos nosotros tenemos una sola pregunta que hacerle, Lev Nikoláievich Tolstói. Todos nosotros. Toda la juventud revolucionaria de Rusia. Y no hay ninguna otra. ¿Por qué no está usted con nosotros?”. Rosa Aguilar respondería: “Porque nunca estoy con los perdedores”.

La única perdedora del Congreso Federal de Izquierda Unida será Izquierda Unida. Y todos los que se identificaron con esa tienda de disfraces en quiebra. Rosa Aguilar incluida. Todo el mundo sabe que ella no está en el partido. Que ha cerrado filas con Chaves en numerosas ocasiones, algunas tan escandalosas como votando a senadoras socialistas o en contra de unas elecciones propias para Andalucía. Pero Chaves no la llamará porque no le conviene a él ni a su partido. Todavía.   

             Tolstói murió de manera ejemplar a finales de octubre de 1910. Escapó para ser nadie. Para estar a solas con su Dios. Y se hizo grande para toda la humanidad. Ella sólo se irá para ser alguien. Sólo se irá para seguir viva. Con su Dios. Que es ella misma.

Democracia CuáNtica

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Newton, Darwin y Rousseau

 

             “Principia matemática” de Newton es el libro científico más revolucionario e importante jamás escrito. Con él derogó a Dios como causa eficiente de todo lo visible e invisible. Sus leyes universales dotaron a la Humanidad de explicaciones puramente mecanicistas para los fenómenos físicos. El filósofo Alexander Pope llegó a escribir: “La naturaleza y sus leyes permanecían ocultas en la noche. Dijo Dios: ¡Sea Newton! Y todo fue luz”. Por poco menos quemaron a Galileo. Siglos más tarde, demasiado tarde, la Iglesia Católica pidió perdón.

   Darwin es a la biología lo que Newton a la física. “Origen de las especies” desmontó al Dios creador a su imagen y semejanza tras demostrar que todos los seres vivos, incluido el hombre, evolucionan por seleccionan natural. Hace poco la Iglesia Anglicana le rogó disculpas por su tozudez e ignorancia. 

   Rousseau es a la política lo que Darwin a la biología o Newton a la física. Con una diferencia: “El contrato social” es una de las mayores estafas de la historia de la Humanidad. El Estado no es una creación del hombre: el hombre es una creación del Estado. El Estado ya existía cuando yo nací. No contraté con nadie ni nadie contrató conmigo para crearlo. Nadie me preguntó sobre sus reglas del juego. Ni puedo escapar de su dominación por más que lo quisiera. He ahí la trampa.

  Con los argumentos democrático y constitucional, Rousseau se encargó de justificar la existencia de un Estado que ya existía. Pero a decir verdad, apenas si le cambió de ropa. El Estado pasó de ser absolutista por la gracia divina a oligárguico para desgracia de todos. Siguieron mandando unos pocos. Los de siempre. El Estado es un mal padre que prefiere a unos hijos más que otros. Y suele dar pan y vino a quien padece úlcera de estómago y cirrosis hepática. Banqueros, por ejemplo. Yo no confío en él. Pero es que ya no confían ni los que maman de sus ubres.

           A la física de Newton la derogó la mecánica cuántica. Los dogmas de su física aplicables a lo inmensamente grande se convirtieron en indeterminación e incertidumbre para lo infinitamente pequeño. Y porque algo puede ser y no ser a la vez, se abren los ascensores o hablas por el móvil. La evolución darwniana estalló en mil pedazos con la manipulación genética que permite tener hijos a parejas infértiles o sembrar melones en el desierto. ¿Y quien ha derogado a Rousseau? Nadie. La sociedad funciona con tecnología digital e instituciones decimonónicas. Porque a nadie conviene convertir la certeza de esta democracia enferma de certidumbre, en una apuesta decidida por la intervención directa e imprevisible de la ciudadanía. Todas las opiniones de todos los Parlamentos del planeta caben en una mesa camilla. Porque todos votan en bloque. Igual que obligan a votar en bloque a los ciudadanos. Pero hay muchos que no votan. Y muchos que votan a opciones excluidas por las reglas injustas de la democracia participativa. Y muchos que votan a quienes salen elegidos y luego carecen de la posibilidad de recusarlos o de impugnar sus decisiones. Ya verán. El futuro pasa por la democracia cuántica.