Aquí tenéis el enlace para escuchar la primera "tertulia de perplejos"

La liturgia del almuerzo comienza con un beso en la mejilla del padre y la narración por la niña de lo ocurrido en clase. Llegamos. Asamblea. Hablamos del fin de semana. Fichas. Patio. Jugamos. Merienda. Y después entró una seño nueva con un trapo en la cabeza. ¿Cómo?, pregunta la madre. Que entró una seño nueva con un trapo en la cabeza. La madre se aparta bruscamente de la mesa y se atusa el cabello con las dos manos. Adónde estamos llegando, dice. Menudo ejemplo para una niña. Qué valores y qué leche. Dónde se ha visto a la maestra cubierta con una señal atávica y discriminatoria para la mujer. ¿Multiculturalismo? ¿Educación para la ciudadanía? Una mierda.
El padre le recrimina la expresión con una mueca. Lo peor no es eso, argumenta. Lo peor es que en el currículo escolar infantil sólo exista una asignatura diferenciada de las demás: religión o historia de las religiones o cómo se llame ahora. Justo la que no debiera darse en la escuela. Eso no es lo peor, prosigue la madre. Lo peor es que a tu hija le da clase una mujer con un velo en la cabeza sin que nos hayan pedido permiso. Pero esto no va a quedar así. Mañana mismo hablo con el director. Y tú niña, ¿te vas a comer eso o no? Ya te he dicho que no me gusta mamá, le reprocha. Vale, ahora le digo a la chica de la limpieza que te fría unas patatas con tal de que me dejes tranquila.
El director la recibió amablemente a primera hora. Es joven. De unos 35 años. Con vaqueros y camisa por fuera. Antes de cederle la palabra, el director felicita a la madre por interesarse en la educación de su hija. ¿Qué desea? A mi hija le está dando clase una mujer con un velo en la cabeza. Y yo creo que para ser maestra en nuestro país debería integrarse con nosotros y respetar nuestras costumbres. Porque para mí el velo es un símbolo de opresión machista. Algo así como tirar a la basura los siglos de lucha por la igualdad de las mujeres en el mundo civilizado. Mire, le contesta el director, yo creo que es un ejemplo de respeto y tolerancia. ¿Y a mi hija quien la respeta? ¿Y a mí? Ahora mismo presento una queja a la asociación de padres, a la consejería, al juzgado, dónde sea, pero yo no quiero que mi hija vea normal lo que no es normal.
Buscó a su vecina que tiene un hijo de cuatro años y le contó el caso. La vecina llamó a otra y ésta a otra. A la salida se juntaron una docena de madres con una pancarta. Irrumpieron en el colegio gritando contra el director y por los derechos de las mujeres. Entraron en el aula de infantil. Sin llamar a la puerta. La maestra estaba sentada. Tenía un velo en la cabeza. Es monja.

Soy un idiota. He desperdiciado la mitad de mi vida en darme cuenta que las noticias también son bienes de consumo. Que se compran y se venden. Que hay más oferta de unas que de otras. Y que pasan de moda. Como casi todo en la vida. La gente opina de lo que opinan los periodistas sobre los únicos asuntos opinables: la noticia en cuanto producto comercial. La verdad es un segmento que comienza y termina en los teletipos. Quien habla de aquello que no se cuestiona en los periódicos, no existe. Es invisible. Marginal. Radical. Loco. Mentiroso.
La semana pasada se aprobaron por unanimidad todas las ponencias presentadas en el Congreso del Partido Popular de Andalucía. Democráticamente, por supuesto. A nadie se le ocurrió discrepar en nada. Y a la prensa le pareció normal. Quizá porque de haber existido debate, controversia y votaciones en contra, los cronistas habrían hablado de crisis interna, de un partido dividido.
La semana pasada el Secretario General de los socialistas cordobeses anunció que los asuntos municipales se llevarían desde la sede del partido. Democráticamente, por supuesto. A ninguno de los suyos se le ocurrió discrepar en nada. Y a la prensa le pareció normal que los concejales de un municipio, elegidos mediante sufragio universal, deleguen su capacidad de decisión en quien apenas superó el refrendo de sus militantes.
La semana pasada el Presidente de la Junta de Andalucía anunció unilateralmente la renuncia a cuantificar la deuda histórica. Democráticamente, por supuesto. Dijo que prefería incumplir el Estatuto de Autonomía a llegar a un mal acuerdo. Y a muchos periodistas les pareció normal porque hace demasiado tiempo que Andalucía es invisible para sus ojos. Para nada importa que este aplazamiento suponga una violación infame de una Ley Orgánica aprobada por el Parlamento de Andalucía, por el Congreso y el Senado, y por el mismísimo pueblo andaluz en un mísero y miserable referéndum. Los entiendo. Sólo un marginal se hubiera atrevido a decir que la Comunidad Autónoma de Andalucía también es Estado, que todo el dinero del Estado es nuestro, y que es justo que nuestro dinero se distribuya justamente para que tomen de más quienes menos tengan.
Todos estos hechos pasaron desapercibidos para la opinión pública porque fueron invisibles para la opinión publicada. Y los tres representan simbólicamente el secuestro de la política por una dictadura partitocrática, alimentada por la desidia de la masa y de buena parte de la prensa. Yo los vi. Y me froté los ojos. Y compartí la mirada con otros. Pero nadie quiso mirar. No es nada importante, dijeron. Sólo tú dices eso. Estás loco. Eres un marginal. Tenéis toda la razón, les dije. Soy un marginal. Imagina que mueres. Si el registrador no anotase la defunción en el margen de tu partida de nacimiento, estarías vivo. Serías inmortal. Pero la verdad es que estás muerto. La verdad siempre se escribe en el margen. Por eso soy un marginal. Y me gusta. Un marginal y un idiota que ve donde nadie quiere mirar.
Dolores Juliano Corregido estudió Antropología en Argentina y se doctoró en la Universidad de Barcelona donde ha sido profesora titular hasta su jubilación. Trabaja desde hace muchos años en temas de género, inmigración y discriminación. Su otra línea de trabajo es la antropología de la educación.
Forma parte de diversos equipos de investigación y ha dictado cursos en varias universidades españolas y de América Latina.
Entre sus numerosas publicaciones merecen destacarse: Cultura Popular (1986). El juego de las astucias. Mujer y construcción de mensajes sociales alternativos (1992). Educación intercultural. Escuela y minorías étnicas (1993). Las que saben... subculturas de mujeres. (1998) Las prostitución: El espejo oscuro (2002) Excluidas y marginales. Una aproximación antropológica (2004) Les altres dones. La construcció de la exclusió social (2006).
Afirmamos y dudamos con la intención de someter nuestra opinión a otras opiniones, a otras críticas. Nuestra perplejidad es un estado de tensión que nos debería alejar a partes iguales del dogmatismo y del escepticismo. Somos conscientes de que nuestras sociedades viven, en la actualidad, en una gran orfandad intelectual y ética, por lo que consideramos que el silencio (con ser hermoso a veces) no debe ser nuestra reacción.
Al contrario, como amigos que somos, queremos mediante la palabra, huir de los antagonismos viscerales, de la banalización de los argumentos, de la pretendida racionalidad impuesta.
El Espacio
Nos reuniremos el último miércoles de cada mes a las ocho de la tarde en el Patio o la Biblioteca de la Casa de Sefarad y durante una hora (o más) hablaremos sobre la materia siempre cambiante de lo humano ( en alguna ocasión, es posible, también sobre lo divino).
Aunque la tertulia es de amigos y amigas, están invitados los forasteros, los curiosos, vecinos, amigos muy lejanos...En alguna ocasión invitaremos expresamente a alguien que nos facilite una salida digna a nuestra perplejidad.
Participantes (Perplejos)
Aristóteles Moreno: periodista alto ( altura moral)
Marta Jimenez: periodista rubia (la que da juego, cartas, equilibrista)
Elena Lazaro: periodista con hijas (nada se le escapa, atenta a la vida)
Antonio Manuel: profesor entusiasta, apasionado (en vias de extinción)
Anna Freixas: profesora sabia y paciente (un lujo a nuestro alcance)
Sebastián de la Obra: bibliotecario curioso ( naturalmente forastero)

Roosevelt y Churchill quisieron asegurarse las espaldas frente a la Rusia de Stalin mucho antes del final de la guerra. Era urgente preparar un contexto mundial uniforme que garantizara a largo plazo la soberanía del libre mercado. Y firmaron en 1941 la Carta Atlántica para que “todos los seres humanos y todas las naciones puedan vivir hasta el final de sus vidas libres de temor y miseria” (freedom from fear and want). Esta elogiable declaración de intenciones contenida en su párrafo sexto constituyó la primera piedra de las Naciones Unidas. Y su primera gran mentira. ¿Todos los seres humanos? ¿Todas las naciones? ¿Y temor a qué? ¿A los fantasmas? ¿A la oscuridad?
Indudablemente, los únicos seres humanos y las únicas naciones beneficiarias eran las firmantes de la Carta. Y el temor no podía referirse nada más que a otra guerra dentro de sus fronteras. Dos fueron las causas profundas que desataron el conflicto bélico en Europa, y dos los males de los que había que desembarazarse a toda costa: judíos y pobres. A tal fin se crearon los Estados de Israel y del Bienestar. El primero, para alejar del viejo continente el último vestigio de la cruzada étnico-religiosa; el segundo, para acabar con la lucha de clases y la amenaza del comunismo. Aunque nos abochorne admitirlo, coincido con Jean Claude Milner en que la Europa “democrática” nació del genocidio. Y no sólo del nazi.
En sólo seis décadas la utopía capitalista se hizo realidad gracias a que la mayoría planetaria abdicó en la tiranía del consumismo globalizado. Rusia y China incluidas. Apenas si nos quedaba vencer el miedo a los países islámicos que inexplicablemente se resisten a aceptar la uniformidad. Hasta hoy. Ahora tenemos miedo de nosotros mismos. Somos un insaciable agujero negro que devora la materia y la energía del planeta de manera imparable e irreparable. Y como no hay más tarta que repartir, parece que no queda otra que menguar la lista de invitados a la fiesta. Esa es la razón de ser de la Directiva de la Vergüenza y de los benefactores decretos españoles de “autoexpulsión” encubierta.
No es la primera vez en que la anulación por la economía de toda forma política conduce a una catástrofe global. En 1930, un año después del crac bursátil, The Economist comentaba: El mayor problema de nuestra generación consiste en que nuestros éxitos en el plano económico superan de tal modo al éxito en el plano político que la economía y la política no pueden guardar el paso. Desde el punto de vista económico, el mundo es una unidad integral de acción. Políticamente, ha permanecido fragmentado. Las tensiones entre estos dos desarrollos contrapuestos han desencadenado una serie de conmociones y de quiebras en la vida social de la Humanidad”. La historia es un bucle y se repite por definición. Bush se ha gastado tres veces más en reflotar la banca hipotecaria que en la guerra de Irak. Y nuestros empresarios piden un paréntesis para que les salvemos de la quiebra con el mismo dinero que les hizo millonarios. Todo sea por mantenernos “libres del temor a la miseria”.

No hace mucho que las autoridades urbanísticas de Colonia autorizaron la construcción de una Gran Mezquita. Enorme. Y alta. Pero apropiada para las casi doscientas mil personas que componen su comunidad islámica, mayoritariamente turca. Cuando le preguntaron a la Canciller por sus extraordinarias dimensiones (las de la Mezquita, quiero decir), Angela Merkel se atusó el flequillo, levantó el dedo índice, se abalanzó hacia el micrófono y dijo: “No permitiré en Alemania que el más alto de sus minaretes despunte sobre la más baja de nuestras catedrales”.
Varios siglos antes, en plena oscuridad medieval europea, un Papa de nombre Benedicto ordenó derruir todas las sinagogas que superasen en altura a la más diminuta de las iglesias de occidente. Víctimas de esta intolerancia arquitectónica, las sinagogas de Córdoba se convirtieron en polvo y vacío. Como símbolo del instinto de conservación del pueblo que rezaba en ellas, toda la belleza destruida se concentró en la minúscula y enana de la Calle Judíos.
Esta semana se cumplió un año más del doliente atentado contra las Torres Gemelas. Y contra las gentes que se desplomaron a la nada. Y contra quienes murieron encofrados al desorden irracional de los escombros. Y contra quienes creemos en la herejía de la paz. Los campanarios simétricos de la Iglesia del consumo, los templos de la única religión planetaria, cayeron a la altura de las babuchas de los terroristas. Como en tiempos de Benedicto. Como en tiempos de la Merkel.
Siendo un niño, mi maestro de educación cívica definió utopía como aquello irrealizable pero creíble. Y puso como ejemplo tocar el cielo con los dedos. Caelo digito tangere. Yo no lo comprendí. Yo a eso mismo lo llamaba fe. Por entonces creía en dios. En el católico. Porque no había otro dios donde elegir, ni más opción en la que pensar. Y porque sus templos monopolizaban en mi pueblo la cercanía al cielo. Hoy, tras casi 40 años de utopía en balde, compruebo con indignación que las torres más altas del planeta se construyen en Dubai. Con la complicidad hipócrita e insolente del dinero que tú y yo pagamos al echar gasolina. En el país donde las mujeres visten de negro de la cabeza a los pies y caminan a cinco metros de su marido.
Apenas proclamado candidato a la presidencia yanqui, Barak Obama se precipitó contra el muro de las lamentaciones ataviado con el kit de judío practicante. Rusia provoca y sólo Palin responde. Europa calla mientras Sarkozy, nuestro nuevo adalid mediático, se entrevista con el Papa y juntos arengan las bondades del laicismo positivo. Nada es casualidad. Si Sarkozy estrecha la mano de Obama, si Europa acepta el reto mundial con Estados Unidos de prorrogar este sistema insostenible, cambiaremos los soldados yanquis de Irak por cascos azules. Llamarán al cambalache “misión humanitaria”. Pero la verdad es que las tropas de la ONU serán destinadas a Irak para salvar los oleoductos ya construidos, y para dar un respiro al dios que ha convertido el cielo en cenizas de tanto tocarlo: homo consumens.

Acto de homenaje a Blas Infante el 10 de agosto en Sevilla
Después de tres décadas con discursos de porcelana, este año tuve el honor de protagonizar el primer tributo no partidista que recibe Blas Infante en el lugar de su fusilamiento. 10 de agosto, km. 4 de la carretera Carmona-Sevilla, 20.30 h. Por la mañana acudí a la infame pantomima que perpetraron en el Parlamento en su presunto homenaje. Tras la emoción incontenida de su hija, un cuarteto de cuerdas interpretó el himno de Andalucía más frío y desangelado que he escuchado en mi vida. Una crónica decía que sólo un “parlamentario con una corbata verde y blanca” se atrevió a cantarlo. Mentira. No era parlamentario. Era yo.
Estaba triste. Lo confieso. Todos los partidos de toda índole manipularon la figura de Blas Infante ese día. Todos sin excepción. Los populares pidieron un pleno extraordinario en su memoria. Los socialistas se negaron para no molestar a Chaves en la playa, ni a Zarrías en la fiesta del pulpo en Galicia. Ni unos ni otros acudieron al acto de la tarde como venían haciendo desde hace 30 años. El SOC, en respuesta a la negativa del PSOE, convocó por la mañana a un puñado de los suyos a las afueras de Sevilla. Levantaron el puño ante las cámaras de televisión. Luego dejaron su sitio a Valderas para hacer lo propio y salir pitando al Parlamento donde también había fotos y micrófonos. Se besuquearon unos y otros. Sánchez Gordillo adoptó por última vez su pose revolucionaria ante los flashes. Y todos contentos con su minidosis de aparición televisiva en los diarios del mediodía. IU, SOC y PA tampoco fueron por la tarde. ¿Para qué? ¿Había cámaras?
El sistema está agotado. Los políticos parasitan de los medios y los medios de los políticos en una espiral absurda que ya no interesa a nadie. Páginas de periódico para envolver pescado y minutos de televisión para ver sin mirar. Si llega a presentarse Chaves al km. 4 como antaño, seguro que no habrían faltado los periodistas y su séquito de políticos sanguijuela. Todos iguales. Grandes o pequeños. Pero al ausentarse el único obligado a estar por su cargo, quedaron los mismos de siempre a quienes sólo les obliga su conciencia.
Suelo improvisar cada vez que hablo en público. Aquel día no. Decidí escribir mi discurso para no olvidar ni los silencios. A eso de las cuatro revisé los folios y me faltaba uno. La recepcionista del hotel se negó a imprimirlo vaya a ser que portara un virus. Acepté la desconfianza primermundista y salí a buscar un ciber en mitad de una siesta dominguera de agosto en Sevilla. Todo cerrado. No sabía qué hacer, no conozco la ciudad, así que subí a ciegas calle Torneo, atravesé la Alameda de Hércules, Trajano, hasta dar con un locutorio atendido por una boliviana que me hizo el favor de salvarme la vida a cambio de una sonrisa. Cuando volví al hotel eché un vistazo a una biografía de Infante y comprobé emocionado que había vuelto sobre sus pasos la noche en que lo fusilaron. Inconscientemente. Como una señal para regresar a lo auténtico. A la palabra. A la verdad. Y olvidarse de las cámaras y de los partidos que sólo tienen en común el desprecio por la diferencia.
Ya están disponibles en las páginas de YouTube algunos vídeos del acto de homenaje a Blas Infante, Padre de la Patria Andaluza y fragmentos del discurso que leyó Antonio Manuel ante el monumento en su memoria en la Carretera de Carmona en Sevilla.
Inicio del acto con la entrega de flores de diversos colectivos y asociaciones:
Blas Infante, hoy
Antonio Manuel
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Discurso leído el 10 de agosto de 2008
72º aniversario de su asesinato
Km. 4 de la carretera Carmona-Sevilla
¡Viva Andalucía Libre!
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Hermanas y hermanos andaluces:
Me llamo Antonio Manuel.
Antonio por mi abuelo materno, El Carbonero.
Y Manuel por mi abuelo paterno, El Latonero.
Mi abuelo Antonio fue jornalero y anarquista. Se dejó la piel por los más débiles sin esperar que los más débiles se lo agradecieran. En el penal del Puerto aprendió a leer con Shakespeare y Cervantes. Él me enseñó a amar la vida, la cultura y la libertad más allá de lo saludable.
Mi abuelo Manuel fue artesano y apolítico. No estuvo en más cárcel que la de su conciencia y su taller de dos metros cuadrados. Mi padre todavía conserva las herramientas y la técnica artesanal de su padre. De ellos aprendí a poner el alma en todo lo que hago.
Mi abuelo Antonio y mi abuelo Manuel no se parecían en nada. Pero los dos se lavaban igual antes de comer. Se arremangaban hasta los codos. Se mojaban la cara. Se frotaban los ojos. La boca. Las orejas. Tomaban y expulsaban el agua por la nariz. Y terminaban frotándose el pelo.
El año pasado estuve en la Gran Mezquita de Agadez en Níger. Yo no soy musulmán. Así que para entrar en ella tuve que imitar a un niño que hacía la ablución a mi lado. El niño se arremangó hasta los codos. Se mojó la cara. Se frotó los ojos. La boca. Las orejas. Tomó y expulsó el agua por la nariz. Y terminó frotándose el pelo. Aquel niño negro y africano se lavó exactamente igual que mis abuelos antes de comer. O mejor dicho: mis abuelos andaluces se lavaban como musulmanes antes de rezar. Como lo hicieron los padres de sus padres. Sin saber por qué. Mi padre todavía se lava así.
Yo no.
Mi abuela Rosario era jornalera. Y mi abuela Angelita, modista. La una casi atea. La otra, católica. Diferentes como la noche y el día. Pero las dos hacían sábado. Brillara el sol o lloviera a mares, mis abuelas abrían las ventanas, los balcones, las puertas. Las dos ponían la casa patas arriba. Y las dos desnudaban las tripas de su hogar a los ojos de la gente. Cualquiera que pasara por la calle sabía el color de las sábanas, del suelo, de las sillas, del techo. Siempre me pregunté por qué limpiaban así incluso cuando la humedad del ambiente lo desaconsejaba. ¿Por qué precisamente un sábado, un día normal para la mujer enclaustrada de entonces? ¿Y por qué de rodillas si el resto de la semana fregaban de pie?
Los judíos no pueden realizar actividad alguna durante el sabbat. Desde el ocaso del viernes al ocaso del sábado. No trabajan fuera ni dentro de casa. No pueden cocinar. Ni encender fuego siquiera. Hasta hace bien poco, parecer judío o morisco en Andalucía implicaba expropiación, destierro, cárcel o muerte. Muchos salvaron sus negocios acusando a la competencia de herejía. Moro o marrano aún son insultos socialmente aceptados.
Las mujeres que limpiaban su casa como esclavas, todos los sábados, con las puertas y las ventanas abiertas de par en par, se estaban autoexculpando públicamente de parecer judías. Al principio lo hicieron para sobrevivir. Luego sus hijas y las hijas de sus hijas continuaron haciendo sábado sin saber por qué.
Mi madre todavía lo hace.
Mis hermanas no.
Ni yo tampoco.
Decía Blas Infante que todos los hombres y mujeres conducimos en sí, a nuestros abuelos arcaicos. Que nuestra vida actual es un complejo de vidas de nuestros antepasados, del cual somos una actual resultante. Y tenía razón. Pero yo, que me llamo como mis abuelos, que heredado de ellos su actitud vital en defensa de los más débiles, su pasión por Andalucía, la cultura y la libertad, no hago sábado como mi madre ni me lavo antes de comer como mi padre. ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Qué ha cambiado para que sea yo quien rompa una cadena de siglos? Sin lugar a dudas, ha cambiado Andalucía. Y nosotros con ella.
La realidad que conoció Blas Infante no es la realidad de ahora. Ni siquiera la realidad de hace 30 años. Andalucía es otra. Y otro el pueblo andaluz.
Andalucía no es la jornalera y subdesarrollada que marcó la infancia de Blas Infante y la mía propia.
Ni el pueblo andaluz el mismo de aquel 4 de diciembre que ni Blas Infante ni yo conocimos. Ese que dicen que movilizó a millones de andaluces para conseguir lo que todavía no ha conseguido ni conseguirá ningún otro pueblo de España. Cuentan que salieron a la calle con banderas prohibidas. Que pedían tierra y libertad. La tierra, con los pies en el suelo. La libertad, con los puños en alto, apretando el aire en señal de pertenencia. No fue un sentimiento impostado. Había verdad. Había Andalucía. Pero el tiempo aniquila con la misma desidia las emociones y las células de la cara. Aquello pasó y no volverá a pasar jamás.
Aceptémoslo.
Andalucía es otra.
Y otro el pueblo andaluz.
Y la culpa es mía. Y de mi generación. Nosotros ya no somos los hijos del agobio sino de la abundancia. Los hijos del consumo globalizado. Del bienestar. Ya no somos la generación de los puños rebeldes sino la generación de los puños dóciles. La generación de la indiferencia.
La generación que enterrará el alma de Andalucía.
Dicen que durante un viaje astral el cuerpo se separa del alma. Que te puedes mirar abajo y verte sin alma o mirar arriba y verte sin cuerpo. Y que no te mueres mientras no se rompa un cordón de plata que hilvana tu cuerpo con el alma.
Hace demasiado tiempo que el alma de Andalucía vive desligada de su cuerpo. Ocultando lo que fue y simulando lo que nunca a llegó a ser. Al principio, por instinto de supervivencia. Luego, sin saber por qué. Cultura es aquello que queda después de haber sido olvidado. Los andaluces olvidamos por qué nos lavamos las manos como musulmanes y por qué hacíamos sábado para no parecer judíos. Pero lo hemos seguido haciendo durante siglos como huellas vivas de nuestra resistencia cultural a un modo impuesto y extraño de entender la vida.
Blas Infante llamó a esta época de resistencia cultural “era flamenca”. Y la definió como una actitud, como un “fluir subterráneo, oculto o inexpreso, del estilo andaluz, creando sus hechos culturales como el ladrón que se oculta entre sombras”. No hay persona ni pueblo que hubiera sobrevivido a esta esquizofrenia sin perder la memoria y su identidad. Andalucía lo consiguió como siempre lo ha hecho: transformando la realidad para hacerla suya. Convirtiendo su instinto de conservación en cultura. Andalucía es camaleónica y ha hecho del mimetismo y del camuflaje su manera de ser y sobrevivir. Por eso, a pesar de todo, su alma ha permanecido casi intacta en esencia. Pero conmigo, con mi generación, buena parte de estas huellas, de nuestra cultura más auténtica, de nuestra actitud frente a la vida, de nuestra alma, se extinguirá para siempre.
Me refiero a la cultura íntimamente ligada al modo de vida rural y jornalero. A la cultura de la tierra. A la cultura de la resistencia. A la era flamenca. Los jornaleros han ejercido de reserva étnica de aquella Andalucía clandestina, morisca y conversa. Fueron el cordón de plata que la mantuvo viva. Hasta hoy. Con la desaparición del jornalero, se extingue su cultura. Y sin él, se extingue el alma de Andalucía.
Y sin alma, no somos nadie.
El alma de un pueblo es su identidad cultural. Y sólo las identidades culturales pueden y deben ser consideradas células madre de las identidades políticas. Blas Infante no creyó jamás en este orden mundial manejado por los Estados Nación, hijos bastardos de las guerras y los colonialismos. Blas Infante sólo creía en los pueblos culturales como unidades legítimas de poder político. Así pues, bastaría con aniquilar la identidad cultural de un pueblo, matar su alma, para acabar con su potencialidad política. Esa es la razón de ser y la trampa de la globalización: promover la uniformidad cultural en el planeta, eliminar las diferencias culturales entre los pueblos, banalizarlas o convertirlas en productos de consumo, y de esta manera instaurar un único gobierno mundial tolerado por las masas. Y hacia allí vamos como pájaros pinzones a los que se les arranca los ojos para que no dejen de cantar. Hacia el universalismo político que tanto repugnaba a Blas Infante.
Él lo predijo hace más de 80 años con su mágica intuición. Y lo condenó de esta forma: “Contra el reconocimiento de la libertad de los pueblos se ensaya otra resistencia basada en las patrañas: la del universalismo político. Esto es, concluir las distinciones populares en núcleos cada vez de mayor extensión y, siguiendo este criterio, llegar hasta el Estado Único, hasta el Parlamento único de la tierra. ¡Cualquiera se entendería en este parlamento! El centro adecuado geográfico de un Estado tan universalista debiera ser el Polo Norte”.
Pero con más esperanza que ingenuidad, el propio Infante creyó que no sería sencillo instaurar el universalismo político por dos razones: primero, porque la globalización más que simplificar las culturas las terminaría difundiendo por todo el planeta; y segundo, porque la individualidad cultural de los pueblos no se mata tan fácilmente. Para Blas Infante sería preciso que esos pueblos hubieran sido desplazados de sus territorios íntegramente, destruidos en su totalidad o trasladados en masa a otros territorios extraños, o sería necesario que el medio desapareciera o se transformara.
En ambas hipótesis, Infante se equivocó. Más bien le pudo el corazón a la cabeza. Porque ya no son necesarias las bombas atómicas, ni las deportaciones masivas ni las catástrofes para acabar con las identidades culturales más frágiles: basta con el dinero y la televisión.
Blas Infante se negó a creerlo y ponía a nuestro pueblo como ejemplo de resistencia cultural frente al universalismo político. Decía que el utilitarismo europeo no había conseguido la uniformidad en Andalucía. Que Andalucía era pensar y sentir. Que el alma andaluza no se había ido. Que había quedado en sus pueblos, esclavizada en su propio solar. En la cultura jornalera. Y por eso gritaba Viva Andalucía Libre. Y lo insertó en nuestro himno para que al cantarlo reivindicáramos en voz alta la vitalidad del alma andaluza, libre del capitalismo insensible de Occidente. Lástima que aquella uniformidad cultural que no pudieron conseguir en quinientos años, estén a punto de lograrla en menos de treinta.
Aunque me duela decirlo, creo que los andaluces hemos roto el cordón de plata con nuestros antepasados porque el Estado del Bienestar, la Unión Europea y mil subproductos más de la globalización capitalista han acabado con la era flamenca. Y lo que es peor: han acabado con ella sin que hayamos tenido conciencia de haberla vivido. El alma sabia y rebelde de la Andalucía clandestina fue capaz de sobrevivir al desplazamiento masivo de moriscos y judíos, a la destrucción sentimental de Al Andalus, a la expropiación ilegal de nuestra tierra, a la ocultación de nuestra historia, al hambre, a la emigración, a la guerra, o a la represión contra los más débiles promovida en todas las épocas por toda clase de gobiernos.
Pero me temo que el alma anestesiada de la Andalucía de hoy no sobrevivirá a la deforestación ecológica, social, cultural y política que está provocando el consumo globalizado. La amenaza es ya una realidad. El futuro ya está aquí. Nuestras ciudades se parecen cada vez más a las de cualquier otra parte del planeta. Nuestros hijos ven las mismas series de televisión que en África o Asia. Juegan con las mismas consolas. Visten igual. Todos estudiarán en Europa y Estados Unidos. Sus paisajes cotidianos serán cada vez más parecidos. Cuando sean mayores, apenas si podrán votar entre dos franquicias políticas como en el resto de países civilizados. Y, por supuesto, nuestros hijos querrán consumir y consumir para sentirse fugazmente felices.
Igual que nosotros.
Pero quizá lo más doloroso será comprobar que nuestros hijos tampoco se la lavarán las manos como sus abuelos, porque jamás vieron a sus padres lavarse de esa manera. Y la culpa, esta vez, será nuestra. Todavía estamos a tiempo. Todavía quedan huellas vivas pero incomprendidas del alma de Andalucía en peligro de extinción. Si no tomamos conciencia de ellas y de lo que significan, mañana serán fósiles bajo tierra.
Por eso afirmo que Andalucía es otra. Y otro el pueblo andaluz. Yo acepto esta nueva realidad sin resignación ni nostalgia. Pero me niego a acatarla como tampoco la acataría Blas Infante. Porque si él estuviera aquí, vivo entre nosotros como yo siento que lo está, no permitiría la muerte del alma de su pueblo. De su identidad cultural. De su espíritu de resistencia. De su fundamento político. Y menos ahora, precisamente ahora, cuando su bandera verde, blanca y verde ondea en nuestras instituciones, cuando su himno se canta en las escuelas, cuando más poder autónomo hemos alcanzado en nuestra historia más reciente. Parece mentira que la misma utopía por la que se dejó la vida sea la que entierre el alma de Andalucía.
¿Y por qué la dejan morir? ¿A quien interesa la muerte del alma de Andalucía?
Sin duda, a los políticos que hoy no están aquí. A los políticos que la gobiernan. Y a los intereses que defienden. Los de su partido. En España. Los mismos políticos que frivolizan con nuestra deuda histórica, los mismos que hacen coincidir nuestras elecciones con las generales, los mismos que se reeligen indefinidamente, los mismos que desprecian a la sociedad civil cuando no son afines, los mismos que permiten los atentados urbanísticos en nuestra tierra, los oleoductos, los cementerios nucleares, las bases militares, los mismos que renunciaron a nuestros campos, a nuestra pesca, a nuestra energía, los mismos que utilizan y manipulan la figura, la obra y el pensamiento de Blas Infante. Los mismos que lo ignoraron entonces. Los mismos que todavía lo ignoran.
Y que hacen lo indecible para que los andaluces lo sigan ignorando.
A todos ellos les interesa que Andalucía se convierta en un ente clónico e invisible para los andaluces. Que sus noticias ocupen un par de páginas a lo sumo en mitad del periódico o un par de minutos de televisión entre los sucesos y los deportes. Y para conseguirlo, nada mejor que hacer invisible al propio Blas Infante. ¿Por qué tantas calles, plazas y bibliotecas y sin embargo no se estudia en los colegios que llevan su nombre? ¿Y por qué ahora esos políticos proclaman su andalucismo y a la vez se comportan como si le repugnara la palabra?
Porque la figura de Blas Infante es como un beso que enamora. Pero su pensamiento es como dinamita que estalla en los ojos. El discurso político de Blas Infante es rabiosamente contemporáneo. Revolucionario. Y, por supuesto, contrario a sus intereses.
Blas Infante decía que la muchedumbre era la masa y el pueblo su conciencia minoritaria. Por eso creía en la soberanía social, en la democracia directa y popular, en el poder del pueblo que se sabe y se siente libre, en la patria ciudadana, y desconfiaba de los partidos políticos y de sus estructuras. Decía que hay que estar siempre en guardia contra el enemigo común, el actual secuestro de la tierra, causa de todas las calamidades sociales. Creía en el universalismo humano desde el respeto a las diferencias. Intuyó que la crisis de Occidente no era ni política, ni económica sino humana, una crisis de humanidad. Decía que por encima de todos los estados políticos, el estado natural del ser humano era el de su libertad. Creía en el encuentro. En el alma. Y a fuerza de tanto decir, un día como hoy hace 72 años, lo callaron de un disparo.
A Blas Infante lo mataron antes de tiempo para no morir nunca. Su discurso todavía hoy resulta demasiado antisistema para ser conveniente. Por eso hoy, más que nunca, su pensamiento universalista, pacifista, intercultural, humanista, feminista, ecologista y libertario es la solución para Andalucía y desde Andalucía para la Humanidad entera.
Nos hallamos ante un momento crucial para nuestro planeta, para nuestra tierra, para nuestras vidas y la de nuestros hijos. Es la primera vez en la historia de la Humanidad en que el futuro no se percibe como progreso sino como amenaza. Para acaparar egoístamente todos los recursos planetarios, hemos provocado una deforestación ecológica, social, cultural y política sin precedentes en la historia de la Humanidad. Infinitamente más perversa y dañina que todas las guerras mundiales. La sociedad primermundista lo sabe y aún así no renuncia a su nivel de Bienestar. Las utopías han muerto. No hay ideología más allá del consumo globalizado. Nunca como ahora el ser humano ha tenido tanta conciencia de pertenecer a la Humanidad, y nunca como ahora el ser humano ha sido tan individualista.
Y entre la Humanidad y el individuo, cada vez más nada. Desaparecen las fronteras para el tránsito de información, mercancías y capitales pero no para los cayucos y las pateras. Los Estados-Nación comienzan a borrarse de las conciencias y de las economías mundiales. Todo tiende hacia el Universalismo político. Hacia un único gobierno mundial. Hacia la trampa. Y todo el mundo pica el anzuelo porque cada día el mundo se parece más al barrio londinense de Canden Town, donde las distintas culturas se compran y se venden como souvenirs a saldo, porque en el fondo sólo hay una cultura que nadie discute: el mercado. La única religión planetaria.
Decía Aristóteles que la mente es lo divino del hombre. Y yo digo que el corazón es lo humano de dios. El hombre lleva jugando a ser dios desde que es hombre. Pero nunca como ahora de una manera tan desalmada. Tan fáustica. El hombre contemporáneo es un dios sin corazón que ha normalizado la venta del alma al diablo para conseguir lo que desea. Y cuando al fin lo tiene, quiere más porque no tiene alma para disfrutarlo. Éste es el fundamento del absolutismo de mercado. Del liberalismo político y económico. La apariencia de libertad para escoger entre los productos que nos ofrecen. Y la perpetua insatisfacción. Uno es aparentemente más feliz mientras más tiene. Y mientras más tiene, más desea. Y mientras más desea, más infeliz. Y mientras más infeliz, más solo.
Y en medio de la nada, perdida y sin alma, víctima de todos estos procesos aniquiladores, sola, Andalucía.
Hay un reloj de sol en la cara norte de la Giralda de Sevilla. Un reloj de sol donde no da el sol. Cuenta la leyenda que lo colocó Ibn Arabí antes de marcharse al Oriente, huyendo de la intransigencia y del integrismo irracional que se instaló en Al Andalus. Para la cultura grecolatina, el tiempo es una línea horizontal donde el futuro queda delante y el pasado detrás. Para los andalusíes, el tiempo es vertical, el pasado se asienta en los pies y el futuro apunta a las estrellas. De esta manera crece el individuo sobre lo vivido. El reloj de sol de la Giralda apunta hacia el sol de medianoche, hacia la luz entre las sombras, para que Andalucía no olvide lo vivido y mire siempre hacia el cielo. Para no perderse.
Blas Infante, otro hombre de luz, intuyó que este momento llegaría. Y nos dio el arma para combatirlo: el andalucismo.
¿Y en qué consiste el andalucismo de Blas Infante? En la lucha desde Andalucía contra el universalismo político. En la lucha por mantener la diversidad ecológica, cultural, social y política a todo lo ancho y alto del paralelo 36, para Andalucía, los pueblos y la Humanidad. Las causas justas no tienen patria. Y el andalucismo tampoco. Por eso me atrevo a afirmar que no hay mensaje más esperanzador ni utopía más atractiva que el andalucismo de Blas Infante como expresión paradigmática del universalismo humano en el planeta. El andalucismo de Blas Infante es como el reloj de sol de la Giralda: un referente de luz para que Andalucía no se pierda entre las sombras.
Esta vez la noche se llama globalización. Su coartada es la uniformidad. Qué mejor metáfora que el eslogan de un anuncio de coches: donde no hay diferencia queda la indiferencia. Los mismos paisajes. La misma gente. La misma cultura. Y contra ella combate el andalucismo.
La pérdida de biodiversidad es el componente básico del cambio climático: pierden las especies autóctonas y ganan las banales y exóticas. De ahí que los ecosistemas planetarios tiendan a homogeneizarse. Cada vez son más escasos nuestros linces, águilas y pinsapos y menor su capacidad de reproducción. Eso facilita que aumenten los ratones, urracas y eucaliptos, lo que “nos hace más parecidos a otros lugares”.
Lo mismo ocurre con nuestra sociedad. El Estado del Bienestar se inventó para terminar con la lucha de clases eliminando el presupuesto de hecho: el propio concepto de clase. Muerto el perro, se mata la rabia. Dejan de existir burgueses porque solo hay burgueses. Clase media. Consumidores que no ven los extremos económicos de la sociedad. Los marginados se instalan en las periferias de las ciudades. Los ricos en los gimnasios y restaurantes mezclados con la chusma corriente. Y mientras unos morimos de colesterol, el resto se muere de hambre.
La misma deforestación ocurre con la cultura. Quizá la más grave y determinante para que la masa consienta el universalismo político. Igual que se extinguen especies animales o plantas, cada semana desaparece una lengua en el planeta. Y mientras sepultamos para siempre una manera distinta y milenaria de decir madre, Zara abre tiendas con los mismos escaparates por todo el mundo. Y la gente viaja a Nueva York para comprar lo mismo que ve en la calle Sierpes.
Por último, la deforestación política. Cada vez votamos menos y a menos partidos. Apenas dos marcas electorales han secuestrado toda la política representativa dejando sin voz a la sociedad civil. Y encima nos cuentan que eso es lo moderno. Como en Suiza y Estados Unidos. No. Eso es mentira.
Andalucía está padeciendo como ningún otro pueblo de España y Europa esta deforestación masiva. Nuestras costas y pueblos se han plagado de edificios. Nuestros campos de barbechos y ahora de huertos solares subvencionados para que no quiebren las promotoras inmobiliarias. Ocupamos los últimos lugares en desempleo, producción industrial, renta y educación. Incluso nos morimos antes que la media española. Pero a nadie importa porque Andalucía se ha hecho invisible para los andaluces. El nuevo estatuto que aprobaron apenas un tercio de votantes nos ha colocado en el segundo escalón autonómico detrás de las privilegiadas de siempre, vulnerando así el espíritu popular del 28 de febrero. Seguimos siendo la única comunidad que hace coincidir sus elecciones autonómicas con las generales, como un postizo de cuyos resultados nos enteramos de madrugada y que ha condenado lentamente a la marginalidad al hecho diferencial andaluz. Esta coincidencia electoral es sin duda el mayor de los desprecios a nuestro pueblo, perpetrado por los mismos que no estando aquí también desprecian a Blas Infante.
Ya está bien. Andalucía es otra. Y otro el pueblo andaluz. Lo acepto pero no lo acato como tampoco lo acataría Blas Infante. Si él estuviera aquí entre nosotros, vivo como yo siento que lo está, volvería a gritar ¡Andaluces levantaos! Pedid tierra y libertad. Pero no lo pediría igual que hace 72 años. Ahora todo es más sutil y complejo.
Ahora Tierra y Libertad equivalen a ecologismo, autosuficiencia alimentaria y energética, elecciones propias para Andalucía y más sociedad civil. Blas Infante lucharía contra la adulteración del andalucismo al que los partidos estatales quieren convertir en una línea transversal de sus programas, como ya hicieron con el ecologismo o el feminismo. Blas Infante reivindicaría la esencia del andalucismo como la única ideología desglobalizadora que contiene en sí misma la lucha ecologista y libertaria. Por eso pido a los políticos que hoy sí están aquí un esfuerzo de generosidad y humildad para crear una fuerza esencialmente andaluza adaptada al siglo XXI, una casa común donde se encuentren la izquierda crítica, el ecologismo y andalucismo político.
Si Blas Infante estuviera aquí se sentiría tremendamente orgulloso de este acto civil en su homenaje, protagonizado por el pueblo andaluz, donde no hay más protocolo que la evidencia de ser todos iguales. Aún así, pido al Presidente de la Junta de Andalucía que reflexione sobre su ausencia, para que sea el último año que falta al respeto de Blas Infante no acudiendo al lugar de su fusilamiento. Igualmente pediría a todas las fuerzas políticas andaluzas que no organicen más actos paralelos en su memoria y que acudan a éste, por favor, sólo a éste. No frivolicen más con la muerte indigna y todavía no restaurada del Padre de la Patria andaluza.
Pero sobre todo, si Blas Infante estuviera aquí, vivo entre nosotros como yo siento que lo está, lucharía para resucitar el alma de Andalucía. Y lucharía para la recuperación de nuestra conciencia como pueblo. Y se dejaría la piel por la normalización de nuestra historia en los colegios y bibliotecas. Y volvería a pedir simbólicamente el uso ecuménico de la Mezquita de Córdoba, la repatriación jurídica y sentimental de los descendientes de andalusíes expulsados, o la declaración del flamenco como patrimonio intangible de la humanidad por la UNESCO.
Yo lo he hecho. Pero yo no soy nadie. Solo. Apenas el colibrí de la fábula. Cuentan que el bosque ardía. Los animales huyeron hacia el lago. Y allí lamentaron la pérdida del decorado de sus vidas. Todos menos un colibrí. Tomó una gota de agua en su pico y se fue dirección a las llamas. Volvió una, dos, tres, cuatro veces ante la mirada atónita de los demás. Al quinto viaje, un animal cualquiera le preguntó: “¿No ves que tu esfuerzo es inútil? Ni aún con un millón de gotas, ni aún dedicando tu vida entera, conseguirías apagar el fuego”. Tienes razón, contestó el colibrí, pero al menos yo estoy poniendo mi parte.
La realidad es terca y conviene aceptarla. Como el resto de los animales, el colibrí también acepta la insolencia de la verdad. Pero no la acata. Sabe que el bosque se convertirá en cenizas. Pero con su conducta diferenciada de la masa, el colibrí está quemando las conciencias del resto de los animales que contemplan las llamas con los brazos cruzados. Si se hubiera quedado quieto como ellos, ninguno se hubiera cuestionado su comportamiento. Al asumir su responsabilidad colectiva, el colibrí los está dejando en evidencia. Porque si todos imitaran al colibrí, tal vez la realidad sería otra. Quizá se apagara el fuego. Al menos, el fuego de sus conciencias. En eso consisten las utopías. En aceptar la realidad para desobedecerla. Y en eso consiste el andalucismo. En que todos los que estamos hoy aquí actuemos como colibríes para Andalucía.
Aceptemos la verdad. Andalucía es otra y otro el pueblo andaluz. Yo la acepto pero no la acato. Como Blas Infante. Como el colibrí. Yo me llamo Antonio Manuel. Como mis abuelos. Tengo dos hijos a los que mi mujer y yo hemos llamado igual que los padres de nuestros padres. A partir de mañana, prometo que nos lavaremos juntos las manos antes de comer como hacían sus abuelos. Y les contaré por qué sus abuelas hacían sábado.
Para que no lo olviden.
Al mayor lo llamamos Liberto en recuerdo de su abuelo libertario. Lo llamamos Liberto para que no olvide jamás que la libertad, como el amor y la memoria, se gasta de no usarla. Para que no olvide jamás que ha nacido libre y que el uso de su libertad dará sentido a su vida.
Y lo llamamos Liberto para que no olvide jamás el ansia de libertad del pueblo al que emocionalmente pertenece, para que no olvide jamás el deseo que lleva Andalucía hilvanado a su nombre, para que no olvide jamás el último grito de Blas Infante con una bala incrustada en la espalda. El mismo que os pido que gritéis conmigo. Pisad la tierra que os pertenece. Levantad los puños y apretad un pedazo de cielo porque es vuestro. Y demostrad a Blas Infante que su voz y el alma de Andalucía siguen vivas, más que vivas que nunca:
¡Viva Andalucía Libre!
Mi abuela Rosario era jornalera. Mi abuela Angelita, modista. La una casi atea. La otra, católica. Diferentes como la noche y el día. Pero las dos hacían sábado. Como mi madre. Brillara el sol o lloviera a mares, las dos abrían las ventanas, los balcones, las puertas. Las dos ponían la casa patas arriba. Y las dos desnudaban las tripas de su hogar a los ojos de la gente. Cualquiera que pasara por la calle sabía el color de las sábanas, del suelo, de las sillas, de los muebles de la cocina. ¿Por qué limpiar así incluso cuando la humedad del ambiente lo desaconsejaba? ¿Por qué precisamente un sábado, un día normal para la mujer enclaustrada de entonces? ¿Por qué fregaban el suelo de rodillas si el resto de la semana lo hacían con la fregona?
Los judíos no pueden realizar actividad alguna durante el sabbat. Desde el ocaso del viernes al ocaso del sábado. No trabajan fuera ni dentro de casa. No pueden cocinar. Ni encender fuego siquiera. Un amigo musulmán de Tetuán me contaba que de pequeño lo llamaba su vecina judía para prender la llama del caldero cuando se apagaba en sábado. Los sefardíes suelen cocinar adafina el viernes para mantenerla en el fuego y comerla al día siguiente. Una especie de cocido con carne de cordero y sin pringá. Esa que comemos aparte con las manos. Apenas si viven judíos en Tetuán. Casi ninguno en la judería de Córdoba. Es normal que así sea. Al menos en la ciudad hipócrita de la tolerancia con los propios y rechazo de los ajenos. Durante nuestra historia más reciente, parecer judío o morisco implicaba su inmediato procesamiento inquisitorial. Expropiación, destierro, cárcel o muerte. Moro o marrano todavía se utilizan como insultos socialmente aceptados. Para muchos la mejor manera de salvar su negocio consistió en acusar a la competencia de herejía. Eso explica que nuestro pueblo se haya pasado media historia ocultando lo que era o exteriorizando a lo bestia lo que no era. Casi nadie celebra en Cantabria su onomástica porque no necesitan evidenciar su cristianismo. En Andalucía, por el contrario, los pueblos pasean a sus vírgenes y santos con una ostentación desmesurada. Tampoco se consume cerdo en el norte con la voracidad de algunas localidades del sur peninsular, especialmente donde se refugió la población morisca: Alpujarra, Serranía de Huelva, de Ronda o Axarquía de Málaga.
Son infinitas las señas de identidad colectivas que se han mantenido clandestinamente desde la ignorancia. Y otras tantas las que se conservan para su negación. Como hacer sábado. Las mujeres que limpiaban públicamente su casa como esclavas, se estaban defendiendo de una posible acusación de herejía. Lo mismo hacían los hombres que tomaban vino en la taberna y comían la tapa de cerdo que cubría el vaso. En Córdoba no existe costumbre de tapa gratuita porque la represión inquisitorial llegó casi cuatro siglos después de su conquista. Ahora soy yo quien no hace sábado. Ni mis hermanas. Estamos expoliando la arqueología de lo intangible. Quizá para bien si conservamos sus huellas y su razón de ser en nuestra conciencia.
En una de sus inteligentes y mordaces canciones, el Sr.
Chinarro aplica al amor el teorema del pan bimbo: “los extremos se atraen cuando
ya da lo mismo”. Yo lo haré con el amasijo economía-política que confunde a la sociedad
contemporánea.
El Estado del Bienestar se inventa para terminar con la lucha de clases eliminando el presupuesto de hecho: el propio concepto de clase. Muerto el perro, se mata la rabia. Dejan de existir burgueses porque solo hay burgueses. Clase media. A diferencia del comunismo que rasea por abajo hasta reducir el consumo a menos de lo indispensable, el capitalismo garantiza un nivel de renta apto para fomentarlo vorazmente entre la masa. Antes ciudadanos, ahora meros consumidores que aceptan sin cuestionarse el efecto pan bimbo: hacer invisibles los extremos económicos de la sociedad. Los marginados se instalan en las periferias de las ciudades. Los ricos en los gimnasios y restaurantes mezclados con la gente corriente. La causa última de esta crisis la lleva Angelina Jolie tatuada en el hombro: “Quod me nutrit me destruit” (lo que me alimenta me destruye). Y por eso hemos llegado a esta metáfora inverosímil hace sólo unas décadas: los pobres son los gordos y ricos los delgados.
El problema surge cuando el nivel de riqueza asciende artificialmente hasta normalizar una cuota insostenible de consumo. La mayoría de la población entiende como irrenunciable tener un coche, una casa o una televisión. Pero ya no hay pan para todos y las rebanadas intermedias comienzan a desaparecer. Oficialmente, la inflación se ha disparado por encima del 4 por ciento. Mentira. La clase media soporta un nivel cercano al 25, equivalente a lo que han subido los alimentos que echamos al carrito del mercadona. El IPC es una estafa porque calcula el crecimiento de los precios tomando la media aritmética entre un tomate y el caviar, la gasolina y un billete de avión. Por eso notamos que nuestro sueldo no llega a fin de mes, mientras la banca anuncia que ha crecido este año más del diez por ciento. Lo que demuestra que la crisis no es financiera, sino hija de puta. No hay dinero para pagar los 200 euros prometidos de retención y pretenden sacarlos a fuerza de revisar las declaraciones de hace cinco años. Casualmente, más del 60 por ciento de los borradores que nos envían padecen el mismo desajuste pero a favor de la administración. A igual nivel de renta, una pareja con trabajo y sin hijos tributa menos que la familia tipo con hijos en el que sólo aporta uno. El mismo euro que nos hizo dioses, nos convierte en miserables. El paro ha crecido en los últimos meses más que en toda la historia de la democracia. Se hartan los transportistas. Los pescadores embisten contra el Parlamento andaluz. Y como respuesta, el PRISOE (fusión estrambótica del PRI mexicano, PRISA y PSOE), ha tomado como primera medida de gobierno que las elecciones autonómicas vuelvan a coincidir con las generales. Más de lo mismo, más parasitismo. Quieren eliminar las zonas intermedias en la política. Se acercan los extremos del pan bimbo. Los que todo el mundo tira a la basura.
Le dice Yerma a su marido: Mi madre lloró porque no sentí separarme de ella. ¡Y era verdad! Nadie se casó con más alegría. Y, sin embargo…
El drama de Yerma me ulceró el corazón durante la adolescencia. Llagas de pena y compasión por aquella mujer de otra Andalucía, de otro tiempo y de otro hombre. Yerma fue fiel al cabrón de su marido hasta la muerte. El mismo que la consumió a reproches, silencios y culpas por no darle un hijo. Y la mató a disgustos. Sola.
Si Yerma viviese hoy no sería una mujer triste. Ni casada con el glaucoma de su marido. Yerma se habría divorciado sin temor a las miradas y a las lenguas ajenas. Y sería dichosa porque en breve podrá acudir a cualquier centro público de la sanidad andaluza para desmentir su nombre y dejar de ser Yerma. Bendita casualidad. La misma semana en que se conmemora el nacimiento de Lorca, la Consejera de Salud se compromete a garantizar los tratamientos de reproducción asistida en la sanidad pública a todas las mujeres. Yermas o no. Da igual su estado civil y orientación sexual. La inseminación de la mujer sola es un hecho legal desde hace 20 años. Ahora también será gratuito para las mujeres fértiles excluidas oficialmente del sistema por ser lesbianas, solteras, divorciadas o viudas.
Durante esta legislatura se aprobará un decreto con dos nuevas garantías para la reproducción asistida: la reducción del plazo para la fecundación in vitro de tres años a seis meses; y la extensión de la oferta pública a todas las mujeres. Andalucía volverá a ser pionera en España igual que con las operaciones gratuitas de transexualidad. No ha habido respuesta política en sentido contrario. Y la razón es obvia: no se trata de una medida electoralista de izquierdas, sino de una adaptación lógica a los tiempos que corren que afecta por igual a mujeres de derechas.
La sociedad española ha evolucionado infinitamente más desde Yerma a hoy que en los mil años anteriores. Ni España es la una de antaño, ni una sola la familia. Tampoco existe la familia modelo sino modelos familiares. Afortunadamente hemos pasado de la dictadura matrimonial canónica con descendencia, a una democratización familiar cada vez más normalizada. Ayer mi amigo Antonino me contó emocionado que va a adoptar a un niño después de que fracasaran las técnicas de reproducción asistida. Y yo le contesté que me alegraba por él y por el niño y le dije que tengo familia que se está inseminando, que tengo primos hijos de sus padres y de la ciencia, que mi hijo comparte aula con un amigo nepalés, una niña vietnamita, otra rusa, dos amigos musulmanes, que una pareja de amigos homosexuales va a ser lo mismo y que en breve también las mujeres solas.
Al final se ha hizo realidad este hermoso pasaje Lorquiano: El marido sale y Yerma se dirige a la costura, se pasa la mano por el vientre, alza los brazos en un hermoso bostezo y se sienta a coser.): ¿De dónde vienes, amor, mi niño? De la cresta del duro frío.

La mitología griega es el atlas de tu vida con los nombres cambiados. Yo mismo me he sentido grande o miserable al reconocerme en alguno de sus dioses. Últimamente, en Casandra. A la pobre la condenaron a ver el futuro y no poder evitarlo. Una y mil veces. En un bucle demoníaco que la llevó a perder la esperanza y la vida. En ese orden. Casandra contaba como certezas las catástrofes que para el resto no alcanzaban el rango de remotas probabilidades. Pero nadie le hacía caso porque la mayoría prefiere aceptar a modificar lo que se le viene encima. El futuro, como la muerte, es irreparable.
Yo no lo creo así. Yo pertenezco a la misma casta de casandras hipocondríacas que los hombres del tiempo. Esos que predicen lluvia aunque luego no llueva. Si lo piensas bien, nunca pierden. Mejor salir con paraguas a pleno sol que sin él cuando llueve. Igual yo convierto el futuro en una verdad evitable porque todavía confío en la conciencia transformadora y rebelde del ser humano. Y por eso me duele la lengua de hablar de esta crisis planetaria que ayer eran estadísticas y hoy agujeros en el estómago.
Crisandra es la simbiosis perfecta entre crisis y Casandra. Una patología que los políticos prefieren ocultar inyectando dinero en los escasos sectores de mercado que controlan. Pero se equivocan. Mejor dicho, están perdidos. No saben qué hacer. Andan maquillando artificialmente la situación mientras encuentran la mejor excusa. Sólo que no hay cosmética para tanta arruga. Esta crisis no es como las demás. No es comparable al crack del 29 ni a la petrolífera del 73. No es una caída bursátil ni un desajuste temporal entre la oferta y la demanda. Es una crisis mundial que arranca de una evidencia incuestionable: los recursos se agotan y los que hay no dan para tanta gente. La hipocresía occidental impuso la dantesca ecuación del 20:80 para mantener sus niveles de bienestar. Y maquilló con ONG´s y campañas de 0.7 algo tan escandaloso como que el hambre mate al tercer mundo mientras nosotros morimos de colesterol. Yo el primero.
Hoy la ecuación es otra. Cada año se incorporan al mercado millones de consumidores mundiales. Chinos, asiáticos y africanos que viven hacinados en megalópolis y que quieren gastar como tú, viajar en coche como tú, calentarse la comida en el microondas y limpiarse el culo con papel higiénico. Pero no hay gasolina ni alimentos para todos. Los precios suben igual en La Corredera que en los arrabales de El Cairo. Y en medio, Andalucía. Un sujeto político y económico en el paralelo 36, entre oriente y occidente, que irresponsablemente ha renunciado a una planificación seria que garantice su autosuficiencia energética y alimenticia. La solución no pasa por talar olivos centenarios para sembrar huertos solares en un parque natural o en mitad de la vega. Ni por subvencionar hipotecas donde sobran medio millón de viviendas. Los andaluces no tenemos por qué importar la comida y la energía que nos sobra. Piénsenlo. No son delirios de un viejo fascista o bolchevique. Habla Crisandra.
